JUC


Por Maria A Mancebo

A veces, la tierra nos recuerda con una violencia primigenia nuestra propia fragilidad. Cuando el suelo bajo nuestros pies, esa superficie que damos por sentada cada mañana, comienza a ondularse y las paredes vibran con un sonido sordo que parece nacer del centro mismo del planeta, se desvanece de inmediato cualquier ilusión de dominio que la humanidad haya cultivado durante siglos. En esos instantes donde la materia parece volverse líquida y lo sólido se vuelve incierto, la mente humana es empujada hacia una confrontación ineludible con lo esencial.

Séneca, en sus Cuestiones Naturales al analizar los devastadores sismos de la antigua Campania, advertía con agudeza que el verdadero terror existencial no reside en el movimiento físico de la tierra, sino en la epifanía desgarradora de darnos cuenta de que no hay refugio seguro cuando el propio suelo que nos sostiene nos traiciona.

Como estudiosa de la conducta humana, las normas y las instituciones, no puedo evitar que mi mente procese esos momentos de pánico colectivo a través de un tamiz muy particular. En mi tránsito como doctoranda en derecho y desde la visión holística que me ha otorgado el posdoctorado en gerencia transcompleja y filosofía, observo el temblor no solo como un fenómeno de placas tectónicas, sino como la prueba máxima a la que se somete el pacto social.

Es precisamente en esa vulnerabilidad absoluta donde encuentro el punto de inflexión de mi labor diaria. Frente a la indiferencia monumental de una catástrofe natural sea un terremoto, un huracán que borra costas enteras o una inundación que ahoga ciudades los manuales corporativos, las normativas frías y las matrices de riesgo tradicionales parecen conjuros vacíos si carecen de un alma, de una convicción ética profunda que los sostenga.

Aquí es donde se revela el verdadero rostro de nuestra profesión, alejándose de la rigidez mecanizada para dar paso a lo que defiendo férreamente como el Compliance Humanista. No estamos hablando de un ensamblaje de reglas punitivas diseñadas para evitar multas de los reguladores. Hablamos de la materialización palpable de la Ética del Cuidado; hablamos de un escudo invisible, tejido con integridad, transparencia y previsión, forjado con el único propósito de proteger la vida y la dignidad humana cuando el entorno colapsa.

La naturaleza, en su inmensidad, es moralmente neutra. Las fallas geológicas no tienen intención, las tormentas no albergan malicia, y los ríos que se desbordan no buscan venganza. Sin embargo, la tragedia humana que sigue al rastro de un desastre natural rara vez es obra exclusiva del planeta; casi siempre, si observamos de cerca, lleva la firma inconfundible de la negligencia, la codicia o la miopía del ser humano.

Desde la rigurosidad analítica que exige el derecho penal moderno, resulta fascinante y a la vez doloroso analizar estos eventos a través del prisma de la imputación objetiva. El insigne jurista alemán Claus Roxin nos enseñó que el derecho penal no castiga la mala suerte ni la fatalidad de los elementos; castiga la creación o el incremento de un riesgo jurídicamente desaprobado.

Imaginemos, por un momento, que una edificación colapsa durante un sismo de magnitud moderada y se pierden decenas de vidas. La defensa instintiva y automática de los constructores, de las juntas directivas y de los funcionarios involucrados será apelar a la "Fuerza Mayor" o al "Acto de Dios". Pero la mirada penal profunda, esa que busca la verdad material, no se detiene en los grados de la escala de Richter. Esa mirada examina implacablemente si las autoridades y las corporaciones asumieron su posición de garantes frente a la sociedad.

Si un gobierno municipal aprobó permisos de habitabilidad obviando los códigos de seguridad a cambio de favores políticos, o si una empresa constructora utilizó materiales deficientes y acero de baja calidad para maximizar sus márgenes de ganancia, entonces el terremoto no es el asesino. El sismo actúa únicamente como un juez implacable que, al sacudir la estructura, desnuda la corrupción, la desidia y la ausencia absoluta de un programa de cumplimiento normativo real.

En estos escenarios, la omisión consciente, el mirar hacia otro lado apostando a que "nunca pasará nada", no es un simple error administrativo: es un acto de violencia con consecuencias fatales. Es dolo eventual disfrazado de burocracia. Cuando el Compliance falla en su labor preventiva, los escombros no solo sepultan cuerpos, sino que entierran la confianza de los ciudadanos en sus instituciones.

A lo largo de la historia, las figuras verdaderamente visionarias han comprendido que el ejercicio del poder y la gestión de las organizaciones no consisten en la dominación, sino en la articulación de voluntades para garantizar la supervivencia colectiva. Pioneras del pensamiento organizacional y social como Mary Parker Follett ya advertían, a principios del siglo pasado, que el liderazgo real y sostenible se basa en el "poder con" los demás, y no en el "poder sobre" ellos.

Esta filosofía es el pilar de un cumplimiento normativo diseñado a escala humana. Ya sea desde mi rol asesorando a entidades gubernamentales en la redacción de normativas de protección pública, o desde la gerencia corporativa estructurando mapas para prevenir la legitimación de capitales, el objetivo ontológico es idéntico: proteger el tejido social.

Las catástrofes naturales son, lamentablemente, un terreno fértil para la amoralidad. El caos que sigue al desastre, la urgencia logística y la desesperación ciudadana abren grietas por donde se cuela el fraude. Los fondos destinados a la reconstrucción o a la ayuda humanitaria se vuelven blancos fáciles para la malversación, y es precisamente en medio de la tragedia donde el lavado de dinero intenta blanquear capitales ilícitos bajo la fachada de la donación urgente.

Un sistema de Compliance verdaderamente robusto actúa como un faro y un ancla en medio de esa tormenta. Se erige para asegurar que la ética y la transparencia no sean lujos que se suspenden por decreto de emergencia. Garantiza que los controles financieros sigan operando, que los recursos lleguen efectivamente a los más vulnerables, y que el dolor incalculable de una comunidad destrozada no se convierta jamás en el botín de los oportunistas.

Navegar por estas aguas turbulentas exige abandonar para siempre el pensamiento lineal y reduccionista. La gerencia transcompleja nos obliga a entender que no podemos enfrentar la incertidumbre y la volatilidad del mundo actual con las herramientas fragmentadas del siglo pasado. La realidad es un entramado vibrante y complejo de variables jurídicas, económicas, naturales, tecnológicas y, sobre todo, humanas. La resiliencia de una ciudad o de una empresa frente a un cataclismo no se decreta en un papel sellado por una junta directiva; se cultiva, día a día, en la cultura profunda de la organización.

Requiere un esfuerzo educativo titánico. Implica enseñar a cada funcionario público, a cada operario, a cada analista financiero, que su integridad personal es, literalmente, el soporte invisible que evitará que el sistema colapse sobre sus propios compañeros el día de mañana. El cumplimiento normativo no es una barrera contra el progreso; es el cauce seguro que permite que el progreso no nos destruya.

Al final del día, sabemos que no podemos dictar leyes que prohíban los terremotos. No podemos silenciar la furia de los vientos ni calmar las aguas embravecidas por el cambio climático. Pero sí poseemos el libre albedrío y la inteligencia colectiva para asegurar que las bases morales, legales y procedimentales de nuestras instituciones sean inquebrantables. Escribimos políticas, auditamos procesos, confrontamos riesgos y defendemos la ética en los foros académicos y corporativos porque esa es nuestra forma más elevada de rebelarnos contra la entropía y el caos.

Es, en el fondo, un acto de profundo amor por la humanidad. Es el compromiso innegociable de trascender, de tejer ese hilo invisible que nos conecta con el futuro para dejar a las generaciones venideras a esas niñas y niños que, como mi nieta Isabella, heredarán las consecuencias de nuestras decisiones un mundo donde la negligencia humana no multiplique jamás la furia de la naturaleza. Un mundo donde el rigor abrazado a la ética del cuidado, sea la verdadera y definitiva garantía de nuestra supervivencia.