David Santiago Parro es Ingeniero de Organización Industrial, fundador de PERIDICT y autor de «Cuando las Máquinas Fallan: La era del Perito 4.0». Más información en peridict.com Hay una conversación que he tenido decenas de veces en el último año. Le cuento a alguien lo que hago. Me escuchan. Y cuando termino, me preguntan: ”¿Y tú cuántos años tienes?” Veintiuno. Silencio. Después viene la pregunta real, la que nadie se atreve a formular directamente: ”¿Y quién te va a hacer caso?”
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| David Santiago Parro - fundador de PERIDICT | ||
Empecé a investigar el sector pericial en España con la ingenuidad de alguien que todavía no sabe lo que no sabe. Pensaba que encontraría un problema técnico. Lo que encontré fue algo más difícil de resolver: un problema que nadie consideraba un problema.
En España, cada vez que un juzgado necesita responder una pregunta técnica —cuánto vale este inmueble, quién tuvo la culpa en este accidente, qué lesiones presenta esta víctima, hubo fraude en este contrato— llama a un perito. Un profesional con titulación acreditada y responsabilidad legal sobre lo que firma. El traductor entre el lenguaje técnico y el lenguaje jurídico. Sin ese dictamen, muchos procesos no pueden avanzar.
Y ese profesional, cada vez que recibe un encargo, abre un documento de Word y empieza desde cero. Busca la plantilla del último caso. Copia la estructura.
Busca manualmente la normativa vigente. Calcula con una hoja de Excel que él mismo construyó hace años. Redacta. Corrige. Formatea. Entre seis y ocho horas.
Cada vez. Cuando lo vi por primera vez pensé que me estaba perdiendo algo. Que tenía que haber una herramienta, un sistema, algo. Pregunté. Busqué. Pregunté más.
No había nada.
El error que destruye reputaciones
Lo que más me impactó no fue la ineficiencia. Fue el riesgo silencioso que nadie estaba midiendo.
El Baremo de Tráfico —el sistema de tablas que determina la indemnización exacta que corresponde a cada víctima de accidente de circulación— se actualiza cada año mediante Resolución ministerial. En febrero de este año, los valores volvieron a cambiar.
Un perito que aplica los valores del año anterior presenta un dictamen con un error de cálculo. La diferencia puede superar los 3.000 euros en un caso medio. Ese dictamen puede ser impugnado. La credibilidad del perito, cuestionada ante el juez. El proceso, ralentizado. Y el cliente del abogado que encargó ese informe, perjudicado.
No por incompetencia. Por falta de herramientas.
Cuando entendí esto, tuve la certeza de que tenía que construir algo. No como estrategia de negocio. Como convicción.
Lo que nadie me advirtió
Tenía veinte años cuando empecé a llamar a puertas.
No tenía empresa constituida. No tenía inversores. No tenía credenciales que impresionaran a nadie en una primera reunión. Tenía una idea, un prototipo y la certeza de que el problema era real.
Los primeros meses fueron exactamente lo que cualquiera imagina cuando un chaval de veinte años sin historial intenta convencer a profesionales de que cambien la forma en que trabajan desde hace décadas.
Muchos no respondieron. Algunos fueron amables. Unos pocos me dijeron directamente que no veían el valor.
Lo que me salvó no fue la tecnología. Fue entender que el problema no era técnico, era cultural. Los peritos no necesitaban una herramienta más eficiente. Necesitaban que alguien se tomara el tiempo de entender su mundo desde dentro: sus reglas procesales, los riesgos reales de firmar un dictamen incorrecto ante un juez, la presión de una profesión que exige precisión absoluta sin darte las herramientas para conseguirla.
Así que aprendí. Leí la LEC. Estudié el Baremo. Hablé con peritos durante horas, no para venderles nada, sino para entender exactamente dónde fallaba el proceso. Escribí un libro sobre ello. Construí relaciones con las asociaciones profesionales del sector antes de tener un producto que mostrarles.
Cuando finalmente tuve algo que enseñar, el recibimiento fue diferente.
La tesis que cambió mi forma de pensar
Hay una pregunta que me hacen constantemente: ”¿No vas a eliminar el trabajo del perito?”
Mi respuesta siempre es la misma.
La inteligencia artificial no puede firmar un dictamen con responsabilidad profesional. No puede ser citada a ratificación ante un juez. No puede ser interrogada por un abogado en sala. No tiene número de colegiado ni está sujeta a sanción disciplinaria.
Lo que sí puede, y debe, es eliminar las horas de trabajo que no requieren el expertise del perito: la redacción estructurada, la búsqueda de normativa actualizada, los cálculos que deben ser exactos. Liberar al profesional para lo que nadie más puede hacer en su lugar.
En los sectores regulados, la automatización no sustituye al experto humano. Crea una demanda mayor de expertos que sepan supervisar, validar y firmar lo que la tecnología produce. El dictamen pericial tiene valor porque lo firma una persona con titulación y responsabilidad. Eso no va a cambiar.
Lo que cambia es el tiempo que ese profesional dedica a las tareas que cualquier máquina puede hacer mejor que él.
Lo que aprendí construyendo esto con veinte años
Hay algo que nadie te dice cuando empiezas a construir en un sector que no te pertenece por edad ni por historial.
La edad no es el obstáculo. El obstáculo es no entender el problema mejor que quienes llevan décadas dentro de él. Cuando logras eso, la edad deja de importar. Lo que importa es si tienes razón.
Tengo veintiún años y sigo aprendiendo cada día. Hay decisiones que tomaría de otra manera si pudiera volver atrás. Hay errores que me costaron tiempo y credibilidad
Pero hay una convicción que no ha cambiado desde el principio: los sectores donde más se va a sentir el impacto de la inteligencia artificial en los próximos años no son los que más se están debatiendo. Son los que nadie está mirando.
El peritaje era uno de ellos.
Y la justicia técnica en España no va a ser la misma dentro de cinco años. Eso ya no depende de si alguien decide que es el momento. Depende de cuántos profesionales decidan que ya no tiene sentido seguir trabajando como si el año fuera 2005.

