La forma de entrar en la sala ya dice bastante. Algunas personas llegan demasiado preparadas. Han repasado fechas, conversaciones, trayectos. Se nota el esfuerzo por no equivocarse. Van tensas con otra cosa: la idea de parecer inconsistentes. No del agresor. Del recuerdo.
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Angel Cabezos. Psicólogo Forense. Experto en Alta Complejidad |
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Hace unos meses una mujer se quedó parada unos segundos antes de empezar la exploración. Miró al abogado de la defensa y luego la botella de agua que tenía delante. Dijo:
—Es que cada vez que lo cuento me acuerdo distinto de algunas partes.
Lo dijo con vergüenza. Como si acabara de admitir una trampa.
Nadie suele explicarles que eso pasa continuamente en memoria traumática. Y menos en delitos sexuales donde la escena no siempre se registra como un bloque compacto. Hay episodios que quedan grabados por fragmentos, casi como flashes corporales. Algunas personas recuerdan con una precisión enfermiza el color de una persiana y son incapaces de ordenar qué ocurrió diez minutos antes.
En sala eso envejece mal.
El procedimiento penal necesita secuencia. Hora aproximada. Conducta esperable. Coherencia transversal entre declaraciones separadas por dos años, cuatro entrevistas y algún ansiolítico de por medio.
La memoria tiene otros criterios.
A veces uno lee atestados donde el relato inicial ocupa media página y tres años después aparecen detalles nuevos que el tribunal interpreta casi como una sospecha autónoma. Lo curioso es que muchos de esos detalles aparecen precisamente cuando la persona empieza a tolerar psicológicamente ciertas partes de la escena. Al principio hablan desde muy lejos. Como si describieran algo visto por otra persona.
“Pasó algo.”
“Me bloqueé.”
“No entendía bien qué estaba ocurriendo.”
Luego aparecen los cuerpos. El peso encima. El olor. La mano sujetando la mandíbula. Cosas así.
Hay exploraciones donde el recuerdo parece entrar físicamente en la sala a mitad de declaración. Se nota porque cambia el ritmo motor. La persona deja de narrar y empieza casi a orientarse espacialmente dentro de la escena. Mira hacia abajo. Toca el borde de la silla. Hace pausas raras antes de responder cosas pequeñas.
No suele coincidir con las preguntas importantes del guion jurídico. Casi nunca.
Coincide con detalles laterales.
Una vez una víctima estuvo completamente estable durante más de una hora hasta que alguien mencionó una camiseta del agresor que tenía un logotipo universitario. Ahí se rompió entera. No recordaba el orden exacto de la penetración ni si hubo eyaculación. Recordaba la camiseta.
Eso desconcierta mucho fuera de clínica.
Y luego está el asunto de las versiones. Palabra peligrosa. En penal, “cambio de versión” tiene una gravedad casi moral. A veces basta leer despacio para ver otra cosa: una memoria intentando organizarse mientras atraviesa policía, urgencias, familia, abogados, psicólogos, forenses y meses de rumiación nocturna.
Cada declaración modifica la siguiente un poco.
No siempre hacia la mentira. Tampoco hacia la verdad completa. Hacia una narración más soportable.
Ahí se mete además la expectativa externa. La víctima aprende rápido qué partes generan credibilidad y cuáles producen incomodidad. Aprende qué silencios irritan al tribunal. Qué lagunas aprovecha la defensa. Qué emociones parecen adecuadas.
Y empieza a corregirse.
Eso se nota muchísimo en algunas exploraciones. El relato se vuelve demasiado limpio. Demasiado estable. Como rehecho para sobrevivir procesalmente. Curiosamente hay abogados que interpretan esa estabilidad artificial como un indicador de autenticidad fuerte.
Yo suelo desconfiar más de los relatos excesivamente pulidos que de ciertas inconsistencias pequeñas.
No siempre, claro.
Las declaraciones falsas existen. Algunas muy trabajadas. El problema es que mucha gente imagina la mentira de forma teatral y la verdad traumática como una línea recta. Luego llegan los procedimientos reales y aparece todo mezclado: víctimas que continúan viendo al agresor, mensajes afectivos posteriores, lagunas temporales, conductas aparentemente absurdas.
Hace años todavía escuchaba mucho aquello de:
“Si hubiera sido tan traumático lo recordaría perfectamente.”
Ya casi no lo oigo en voz alta. Ahora aparece redactado con vocabulario más técnico y el mismo fondo conceptual. Cambia el envoltorio, no demasiado la idea.
Hay algo incómodo para el sistema judicial en aceptar que una persona pueda estar profundamente afectada y aun así recordar de forma caótica. O reaccionar raro. O tardar meses en entender qué le pasó exactamente.
La gente espera que el trauma tenga buena estructura narrativa.
No la tiene.
Y en delitos sexuales menos todavía, porque muchas veces el núcleo traumático no es solo el acto concreto. Es la sensación retrospectiva de haberse quedado sin capacidad de decidir mientras todo seguía ocurriendo con apariencia normal. Esa vivencia luego se reconstruye despacio. A veces durante años.
Mientras tanto el expediente sigue creciendo.
Folios, ampliaciones, transcripciones. Declaraciones donde alguien intenta recordar exactamente qué dijo en otra declaración anterior porque sabe que cualquier mínima desviación acabará subrayada en sala. Hay víctimas que llegan a desarrollar más ansiedad por parecer creíbles que por hablar del episodio en sí.
Eso también termina deformando el recuerdo.
Y entre tanto aparece el perito. Sentado frente a una persona que intenta ordenar algo que probablemente nunca se almacenó de forma ordenada. Ahí conviene tener bastante prudencia y menos entusiasmo interpretativo del que suele verse en algunos informes.