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Angel Cabezos, autor de este artículo

Angel Cabezos. Psicólogo Forense. Experto en Alta Complejidad

Hay un momento muy concreto en un despacho en el que el abogado deja de leer un informe psicosocial como si fuera un documento técnico y empieza a leerlo como si fuera una sentencia anticipada. Suele ocurrir cuando llega una valoración de una Unidad de Valoración Integral o de un equipo psicosocial con treinta páginas llenas de terminología clínica, referencias a dinámicas de control, victimización, indicadores emocionales y conclusiones aparentemente sólidas que, a primera vista, parecen incontestables. Y es precisamente ahí donde empieza el verdadero trabajo de análisis.

Recuerdo haberle dicho más de una vez a compañeros letrados que el error no consiste en asumir que el informe está necesariamente sesgado. El error es asumir que, por el hecho de venir firmado por especialistas y contener lenguaje técnico, el informe ya ha superado automáticamente cualquier control crítico. Una cosa es trabajar con perspectiva de género y otra muy distinta es construir una evaluación donde todos los caminos conduzcan inevitablemente a la misma conclusión.

La diferencia no siempre es evidente al principio. De hecho, los informes más problemáticos no suelen ser los burdos ni los descaradamente parciales. Los más difíciles de desmontar son aquellos técnicamente correctos en apariencia, bien redactados, llenos de conceptos clínicos válidos, pero donde el evaluador ha dejado de contrastar hipótesis para empezar a confirmar intuiciones.

Por eso, cuando un abogado me entrega uno de esos informes y me pregunta en qué debe fijarse, yo siempre le digo lo mismo: no empieces por las conclusiones. Empieza por el proceso.

Lo primero que hay que observar es cómo se construye la evaluación desde las primeras páginas. Un informe equilibrado suele plantear preguntas abiertas, explorar contextos y diferenciar claramente entre hechos, manifestaciones de parte e interpretaciones clínicas. En cambio, cuando existe un sesgo de confirmación, el relato parece ya orientado desde el inicio hacia una hipótesis cerrada. La narrativa del informe empieza a funcionar como un túnel. Todo lo que aparece dentro de él confirma la dirección prevista y todo lo que podría desviarlo queda minimizado, reinterpretado o simplemente omitido.

Hay expresiones que, con los años, uno aprende a detectar casi de inmediato. “Compatible con dinámica de sometimiento”. “Indicadores emocionales propios de victimización”. “Conducta coherente con trauma”. Son formulaciones técnicamente posibles, sí, pero el problema aparece cuando ninguna otra explicación es contemplada. La psicología forense no trabaja con verdades reveladas; trabaja con hipótesis, aunque a muchos profesionales les cueste asumirlo.

Las preguntas que debe hacerse un abogado

Y ahí es donde el abogado tiene que empezar a hacerse preguntas incómodas.

¿El informe analiza elementos incompatibles con la hipótesis de violencia? ¿Se mencionan contradicciones? ¿Se exploran motivaciones alternativas? ¿Existe algún apartado donde el perito se pregunte qué datos podrían llevarle a una conclusión distinta?

Cuando eso no ocurre, el informe empieza a perder valor científico, aunque conserve apariencia técnica.

Hay un detalle especialmente revelador que suelo comentar en privado a los letrados. Cuando un informe convierte cualquier conducta en un elemento confirmatorio, normalmente estamos ante un problema metodológico serio. Si la denunciante llora, el informe lo interpreta como sufrimiento genuino. Si no llora, se habla de bloqueo emocional. Si recuerda con precisión, se considera intensidad vivencial. Si existen lagunas, se atribuyen al trauma. Poco a poco uno descubre que no hay posibilidad real de contradicción porque el sistema interpretativo absorbe cualquier dato y lo transforma en validación de la hipótesis inicial.

Eso es un razonamiento circular.

La perspectiva de género bien aplicada obliga precisamente a analizar contextos complejos sin caer en estereotipos simplistas. Obliga a entender dinámicas de dependencia, miedo o control que tradicionalmente pudieron ser infravaloradas. Pero no elimina la necesidad de contrastar información ni convierte el relato en automáticamente verdadero. Un perito serio sabe perfectamente que comprender un fenómeno no significa renunciar al análisis crítico del mismo.

Por eso, cuando llega el momento de preparar la defensa en sala, el abogado no debería entrar a discutir ideologías. Ese suele ser un error frecuente. El enfrentamiento abstracto contra la perspectiva de género normalmente fortalece al perito frente al tribunal. Lo inteligente es desplazar el foco hacia la metodología.

Recuerdo una vista en la que el letrado empezó preguntando algo aparentemente inocente al psicólogo firmante. Le preguntó qué hipótesis alternativas había contemplado durante la evaluación. El perito respondió de forma genérica. Entonces vino la segunda pregunta: “¿Dónde aparecen desarrolladas en el informe?”. Ahí empezó el silencio incómodo.

Si encuentran un informe que contraste hipótesis, enmárquenlo, que seguro que se llega a revalorizar con el tiempo.

A partir de ahí, el interrogatorio debe avanzar lentamente, casi como quien desmonta una estructura sin necesidad de golpearla. No se trata de atacar al profesional sino de obligarle a explicar el recorrido lógico de sus inferencias.

Yo siempre recomiendo fijarse en tres zonas especialmente sensibles durante la declaración pericial.

Separar hechos de conclusiones

La primera es la separación entre hechos y conclusiones. Muchos informes mezclan ambas cosas de manera casi imperceptible. El abogado debe obligar al perito a distinguir qué datos observó directamente, qué le fue referido por una de las partes y qué interpretó él mismo. Cuando esa línea se vuelve difusa, aparece un terreno muy peligroso donde las inferencias terminan adquiriendo apariencia de hechos acreditados.

La segunda zona crítica es la validación de inconsistencias. Un informe serio no oculta contradicciones. Cuando el abogado pregunta por mensajes afectivos coexistentes con supuestas situaciones de terror, por ausencia de indicadores psicopatológicos esperables o por cambios relevantes en las versiones, lo importante no es la existencia de esas contradicciones sino cómo fueron tratadas por el evaluador. Si todo queda automáticamente reinterpretado para sostener la hipótesis principal, el sesgo empieza a hacerse visible.

Y la tercera zona, probablemente la más delicada, es la capacidad falsadora del informe. Esta suele ser devastadora cuando se formula correctamente. A veces basta con preguntar al perito qué hallazgos habrían podido llevarle a concluir que no existía la dinámica descrita. Un profesional verdaderamente objetivo sabe responder eso sin dificultad. Sabe qué indicadores habrían debilitado su hipótesis. Hay que llevar al evaluador a un escenario alternativo, si responde de forma evasiva o parece incapaz de imaginar otra realidad, estamos ante rigidez cognitiva y nos encontramos con la base de la duda razonable.

Hay algo que el abogado debe comprender cuanto antes: los sesgos rara vez aparecen como errores groseros. Casi siempre se presentan como pequeños desequilibrios acumulativos. Una omisión aquí. Una inferencia excesiva allá. Una reinterpretación constante de los elementos ambiguos siempre en la misma dirección. El problema no suele estar en una frase concreta sino en la arquitectura completa del informe.

Y esa arquitectura se detecta mejor cuando uno deja de leer lo que el informe afirma y empieza a observar cómo llega a afirmarlo.

Con el tiempo he aprendido que los mejores interrogatorios no son los más agresivos. Son los que obligan al perito a caminar nuevamente por su propio razonamiento delante del tribunal. Porque es en ese recorrido, y no en las conclusiones finales, donde suelen aparecer las verdaderas grietas metodológicas.

Al final, la cuestión no consiste en negar la existencia de la violencia de género ni en cuestionar la necesidad de enfoques especializados. La cuestión es otra. Mucho más sencilla y mucho más importante. Consiste en recordar que la perspectiva de género no puede convertirse en una licencia para dejar de evaluar críticamente.

Espero que llegue el día en el que el informe pericial forense deje de actuar como mecanismo de validación para confirmar narrativas y vuelva a la esencia del contraste de hipótesis y del método científico.

Y esa diferencia, aunque a veces se disfrace con el mismo lenguaje técnico, es enorme.