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En muchos procedimientos la medicación aparece en una línea perdida del historial clínico. Alprazolam. Lorazepam. Sertralina. Quetiapina nocturna. Dosis pequeñas anotadas casi como ruido administrativo.

Luego uno escucha la declaración y empieza a entender que aquello quizá no era un detalle secundario.

Hace unos años una mujer describía una agresión sexual ocurrida tras varias semanas de insomnio severo y benzodiacepinas diarias. La exploración tenía algo extraño desde el inicio. No por falta de sufrimiento. El malestar era evidente. Lo raro era la textura del recuerdo. Algunas partes aparecían extremadamente nítidas y otras parecían directamente erosionadas, como si hubiese zonas enteras de la escena cubiertas por niebla cognitiva.

Recordaba perfectamente una lámpara encendida en el pasillo. Incluso dibujó la forma.

No podía ordenar el tramo central del episodio.

Y en sala siempre aparece alguien esperando que eso signifique algo concluyente.

Las benzodiacepinas tienen bastante mala relación con la codificación mnésica. Eso se sabe desde hace décadas. Lo curioso es lo poco que se integra realmente en la lectura forense de ciertos testimonios. Mucha gente sigue interpretando las lagunas de memoria como una cuestión puramente psicológica o moral: bloqueos, evitaciones, supuestas estrategias defensivas.

A veces simplemente hay farmacología sentada dentro de la declaración.

Sobre todo cuando el consumo no es puntual sino sostenido. Personas que llegan a los hechos ya cognitivamente agotadas, medicadas durante semanas, durmiendo mal y funcionando con una mezcla bastante precaria de ansiedad alta y sedación parcial.

La memoria episódica en ese contexto trabaja mal. Fragmenta. Pierde continuidad temporal. Conserva islotes sensoriales extraños mientras se deteriora la secuencia narrativa global.

Luego viene el procedimiento judicial, que exige precisamente lo contrario: continuidad, precisión cronológica y estabilidad verbal.

Recuerdo una exploración donde la víctima pedía disculpas constantemente por no recordar bien.

—Sé que esto suena raro.

Lo repetía mucho.

Había tomado lorazepam durante meses. Dosis moderadas, nada espectacular. Pero suficientes para producir ese fenómeno tan incómodo en exploración clínica: personas capaces de mantener conversación aparentemente normal mientras la consolidación del recuerdo reciente funciona de forma defectuosa.

Eso genera relatos muy difíciles de valorar. Porque la afectación farmacológica rara vez produce un vacío limpio. Produce reconstrucciones parciales. Rellenos retrospectivos. Sensación subjetiva de recuerdo que a veces mezcla percepción directa, inferencia posterior y reconstrucción emocional.

Y ahí empieza el desastre procesal.

Especialmente cuando la persona intenta ordenar después aquello que originalmente nunca se registró con claridad. El cerebro detesta los huecos narrativos largos. Tiende a organizarlos retrospectivamente usando lógica, contexto y significado emocional posterior.

No necesariamente para mentir. Para poder entender lo ocurrido.

En algunos casos uno puede casi seguir la evolución farmacológica a través de las declaraciones. Las primeras aparecen embotadas, lentas, emocionalmente planas. Luego la medicación cambia, mejora parcialmente la activación ansiosa y empiezan a emerger detalles nuevos. Más adelante aparecen rectificaciones. O reinterpretaciones completas de ciertas conductas.

El tribunal suele vivir eso con mucha incomodidad.

Porque existe una expectativa bastante ingenua sobre la memoria medicada. Mucha gente imagina que el psicofármaco simplemente “calma”. En realidad modifica bastantes más cosas: velocidad cognitiva, acceso mnésico, capacidad asociativa, afectividad observable, percepción subjetiva del episodio y forma de narrarlo.

Con ISRS ocurre otra escena interesante. Algunas personas, tras semanas de tratamiento, relatan hechos traumáticos con una reducción evidente de la carga afectiva inmediata. El contenido sigue siendo grave, pero el tono cambia. Menos activación. Menos desbordamiento fisiológico.

En sala eso a veces se interpreta fatal.

“Hecha fríamente”.

“Excesivamente neutra”.

Como si la credibilidad dependiera de mantener intacta la temperatura emocional del trauma durante años.

Hay víctimas que llegan completamente medicalizadas al juicio oral. No solo por antecedentes previos. También por el propio procedimiento. Meses de ansiedad anticipatoria, insomnio, exploraciones repetidas, vigilancia constante sobre su conducta y miedo a equivocarse declarando.

Algunas toman benzodiacepinas antes de entrar a sala.

Eso tiene consecuencias obvias sobre atención, velocidad de evocación y precisión narrativa. Pero rara vez se analiza con la profundidad que merece. Se menciona. Se pasa rápido. Y después se hacen valoraciones enormes sobre pequeñas inconsistencias temporales producidas quizá por una persona sedada parcialmente mientras intenta recordar un episodio traumático de hace cuatro años.

Hay exploraciones donde uno tiene la sensación de estar evaluando simultáneamente trauma, farmacología y agotamiento cognitivo acumulado.

Todo mezclado.

Y luego está la reconstrucción retrospectiva bajo tratamiento. Tema bastante delicado. Porque algunas personas empiezan a reinterpretar experiencias antiguas cuando disminuye la ansiedad basal o cuando recuperan cierta claridad cognitiva tras periodos de embotamiento emocional severo.

Eso ocurre.

No convierte automáticamente el recuerdo en falso. Tampoco obliga a asumir exactitud plena. Obliga a trabajar con mucha más prudencia clínica de la que suele verse en informes excesivamente categóricos.

La memoria humana ya es reconstructiva en condiciones normales. Si añadimos psicofármacos, privación de sueño, ansiedad mantenida y presión procesal prolongada, el resultado rara vez encaja en la fantasía judicial del relato estable, lineal y emocionalmente coherente.

En algunos interrogatorios esto se vuelve casi cruel sin que nadie lo note demasiado.

—¿Cómo puede no recordar eso?

Bueno. Porque lleva dos años tomando clonazepam, duerme cuatro horas, tiene activación ansiosa crónica y está intentando reconstruir verbalmente una escena que probablemente ya se codificó de manera fragmentaria desde el principio.

Pero esa explicación ocupa mucho espacio técnico y produce poca satisfacción narrativa. El proceso penal suele preferir interpretaciones más simples.