La guía ofrece una pauta práctica para que el abogado distinga qué observó el terapeuta, qué le contaron y qué conclusión puede sostener realmente.
Si en un procedimiento aparece un informe terapéutico, no empieces por las conclusiones.
Empieza por la función que tenía quien lo escribió.
Parece una cuestión menor. No lo es.
Antes de valorar diagnósticos, síntomas o afirmaciones sobre trauma, necesitas saber para qué trabajaba ese profesional.
¿Estaba tratando?
¿O estaba evaluando?
La diferencia condiciona todo lo demás.
El terapeuta trabaja para ayudar.
El perito trabaja para analizar.
El terapeuta construye una alianza con la persona que tiene delante.
El perito debe mantener una distancia suficiente para poder explorar hipótesis alternativas.
Cuando esa diferencia desaparece, muchos informes empiezan a decir más de lo que realmente pueden sostener.
La primera pregunta debería ser muy simple:
¿Qué información manejaba realmente el terapeuta?
Busca la respuesta antes de seguir leyendo.
Comprueba:
- cuántas sesiones realizó,
- qué documentación revisó,
- si tuvo acceso al expediente,
- si contrastó información externa,
- si analizó versiones alternativas,
- o si trabajó exclusivamente con el relato de la persona atendida.
La mayoría de las veces encontrarás lo segundo.
Y eso no convierte el informe en inútil.
Simplemente obliga a interpretarlo correctamente.
Cuando avances en la lectura, presta atención a un cambio que suele aparecer poco a poco.
Al principio el informe describe síntomas.
- Ansiedad.
- Insomnio.
- Bloqueo.
- Tristeza.
- Hipervigilancia.
- Dificultades funcionales.
Hasta ahí, normalmente estamos dentro del terreno clínico.
El problema aparece cuando el informe empieza a hablar de autenticidad, veracidad, coherencia del relato o realidad de los hechos.
Ahí conviene detenerse.
Porque una cosa es describir cómo se encuentra una persona.
Y otra muy distinta determinar qué ocurrió realmente.
Si ejerces la defensa, no conviertas esto en una discusión contra la terapia.
Suele ser una mala estrategia.
La sala entiende perfectamente la utilidad asistencial de un terapeuta.
Lo que debes comprobar es algo mucho más concreto:
¿Cómo ha llegado el profesional a las conclusiones que expone?
Busca si explica:
- qué hechos observó directamente,
- qué hechos conoce únicamente porque se los contaron,
- qué hipótesis alternativas exploró,
- qué metodología utilizó para llegar a determinadas conclusiones,
- y qué límites reconoce en su propia intervención.
Cuando estas cuestiones no aparecen, el valor probatorio del informe suele ser bastante más reducido de lo que aparenta.
Hay otro aspecto especialmente importante.
Mira cuándo aparecen determinados detalles del relato.
La terapia no solamente trata síntomas.
También ayuda a organizar experiencias.
Con el paso de los meses es frecuente que los relatos ganen estructura, precisión emocional y coherencia narrativa.
Eso forma parte del propio trabajo terapéutico.
Por esa razón conviene revisar:
- cuándo aparece cada dato relevante,
- cuántas sesiones habían transcurrido,
- qué lenguaje utilizaba inicialmente la persona,
- y qué lenguaje aparece después.
No porque eso invalide automáticamente nada.
Porque permite entender cómo ha evolucionado la narración.
Si ejerces la acusación, el enfoque debe ser distinto.
No intentes utilizar al terapeuta como si fuera un perito de credibilidad.
Normalmente acaba siendo contraproducente.
La fuerza del terapeuta está en otro lugar.
Puede explicar:
cómo llegó la persona a consulta,
qué síntomas observó,
cómo evolucionaron,
qué dificultades aparecieron,
qué tratamiento fue necesario,
y qué impacto funcional detectó durante el seguimiento.
Ese seguimiento longitudinal suele aportar mucho más valor que cualquier intento de pronunciarse sobre la realidad de los hechos.
Antes de terminar la lectura del informe, realiza una última comprobación.
Busca si diferencia claramente tres niveles distintos:
- Lo que la persona contó.
- Lo que el profesional observó.
- Y lo que el profesional concluye.
Cuando esas tres categorías aparecen mezcladas, empiezan a surgir problemas metodológicos.
Porque el sufrimiento puede observarse.
La evolución clínica puede documentarse.
La necesidad de tratamiento puede acreditarse.
Pero la determinación de los hechos exige un análisis diferente.
Y es precisamente ahí donde algunos informes terapéuticos empiezan a parecer periciales sin haber dejado nunca de ser documentos asistenciales.
Cuando eso ocurre, conviene leerlos con especial cuidado.
Sobre todo porque las afirmaciones más contundentes suelen aparecer precisamente en la parte del informe donde existe menos metodología para sostenerlas.