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Angel Cabezos, autor de este artículo

Una exploración mal conducida puede dejar un relato aparentemente más claro y, al mismo tiempo, mucho menos limpio desde el punto de vista forense.

En algunas grabaciones el momento exacto de la contaminación se escucha con claridad. Casi tiene sonido propio.

La persona duda, intenta buscar una palabra, se queda pensando unos segundos… y el entrevistador entra demasiado pronto. Completa. Sugiere. Traduce emocionalmente lo que todavía no había sido dicho.

Después el relato ya no vuelve a ser del todo limpio.

Lo complicado es que muchas entrevistas técnicamente defectuosas producen testimonios muy convincentes. Narrativamente impecables incluso. Ahí está parte del problema. El sistema judicial suele premiar la fluidez, la estabilidad y la coherencia emocional reconocible. Justo las tres cosas que una mala entrevista puede fabricar sin demasiada dificultad.

Hace tiempo revisé una exploración donde una menor comenzaba describiendo situaciones incómodas, confusas, difíciles de ordenar. Había silencios largos. Rectificaciones espontáneas. Frases a medio construir.

La entrevistadora parecía angustiada con esa ambigüedad.

Empezó a cerrar huecos.

—Entonces te sentiste obligada.

—Claro, ahí ya estabas asustada.

—No querías hacerlo.

Nada especialmente agresivo. Dicho con tono cálido además. Casi maternal.

Treinta minutos después el relato era mucho más sólido. Mucho más lineal. También mucho menos fiable.

Eso cuesta explicarlo en sala porque existe cierta tendencia a pensar la contaminación del testimonio como una manipulación burda. Preguntas capciosas evidentes. Presiones directas. Amenazas.

La realidad suele ser bastante más torpe y cotidiana.

Un profesional excesivamente convencido. Un policía intentando “ayudar a recordar”. Un terapeuta que interpreta antes de tiempo. Padres preguntando cada noche. Conversaciones repetidas en casa. Adultos buscando sentido emocional a fragmentos todavía desordenados.

La memoria acaba trabajando sobre materiales ya intervenidos.

En menores esto se vuelve especialmente delicado porque muchos adultos interpretan cualquier vacilación como señal de bloqueo traumático y cualquier contradicción como algo que debe “aclararse”. Entonces empiezan las reformulaciones constantes.

—¿Quieres decir que te tocó por debajo?

—¿Fue ahí cuando te dio miedo?

—Pero eso pasó después, ¿no?

A veces el menor termina aceptando estructuras narrativas ajenas simplemente porque la interacción adulta va premiando determinadas respuestas y descartando otras mediante gestos mínimos. Una pausa. Un asentimiento. Un “ajá”. Un silencio más frío cuando la respuesta no encaja con la hipótesis inicial.

No hace falta sugestión explícita para modificar un recuerdo. Basta dirección conversacional sostenida.

Y luego aparecen las transcripciones. Ahí todo parece más limpio de lo que realmente fue. La lectura escrita elimina tonos, tiempos de espera, miradas del entrevistador, insistencias pequeñas. Desaparece la atmósfera de influencia.

“Manifiesta que tenía miedo.”

Sí. Después de cuatro reformulaciones consecutivas alrededor del miedo.

Muchas veces el problema empieza porque el entrevistador confunde obtener información con confirmar una intuición previa. Eso cambia completamente la dinámica de exploración. La escucha deja de ser abierta y empieza a funcionar como búsqueda selectiva de coherencia.

Se nota enseguida cuando uno revisa grabaciones largas.

Las preguntas dejan de explorar y empiezan a conducir discretamente. El entrevistador ya no tolera escenarios ambiguos. Necesita cerrar sentido. Necesita que la historia avance hacia un lugar emocionalmente reconocible.

Y las personas, especialmente menores o víctimas vulnerables, tienden a cooperar narrativamente con el adulto que tienen delante. Muchísimo más de lo que el sistema judicial suele admitir.

Recuerdo una exploración donde un niño modificó tres veces un detalle central dependiendo de cómo reaccionaba la entrevistadora. En vídeo era clarísimo. Cuando daba una respuesta inesperada, ella se inclinaba hacia atrás, fruncía ligeramente el ceño y reformulaba.

El niño corregía.

Otra vez.

Y otra.

Al leer únicamente la declaración final parecía un relato firme y espontáneo. Ver la grabación completa era otra cosa bastante más incómoda.

Luego llegan los informes periciales construidos sobre ese material ya contaminado. Se analizan indicadores de credibilidad sobre una narrativa que ha pasado por demasiadas manos. Algunas exploraciones parecen más un producto colectivo que un recuerdo autobiográfico primario.

Lo preocupante es que muchas contaminaciones nacen de buenas intenciones. Ahí está la trampa.

La gente cree que proteger emocionalmente consiste en completar silencios, validar hipótesis o ayudar a organizar recuerdos demasiado pronto. Clínicamente suele ocurrir justo lo contrario: cuanto más ansioso está el adulto por dar sentido, más riesgo existe de alterar la recuperación natural del relato.

El silencio incomoda mucho.

Especialmente en procedimientos graves.

Hay entrevistadores que soportan mal ver a alguien perdido dentro de su propia memoria. Entonces empiezan a ordenar el relato por él. Cronología, emociones, causalidad. Todo queda más claro. Más presentable. Más útil procesalmente.

Y bastante menos fiable.