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La victoria de la selección española en el Mundial de Fútbol de 2026 ha vuelto a demostrar que el deporte puede ser mucho más que una competición. Como ya ocurrió hace dieciséis años con el Mundial de 2010 y posteriormente con las Eurocopas, durante unos días millones de personas hemos compartido una misma emoción y un mismo sentimiento de pertenencia. En una sociedad marcada por la polarización política y la confrontación permanente, resulta llamativo comprobar cómo un éxito colectivo es capaz de recordarnos que, por encima de nuestras diferencias, seguimos formando parte de una misma comunidad.

Reconozco que, en los últimos años, había perdido parte del interés por el fútbol debido a la creciente politización que, como ocurre en tantos otros ámbitos de la vida pública, ha terminado por eclipsar en ocasiones la esencia del deporte. Sin embargo, este Mundial invita a detenerse y reflexionar sobre algo mucho más profundo que un resultado: la importancia del sentimiento de pertenencia para fortalecer la cohesión social y el ejemplo que nuestros jugadores han ofrecido dentro y fuera del terreno de juego.

LA JUSTICIA RESTAURATIVA COMO FILOSOFÍA DE VIDA

Aunque la justicia restaurativa surgió como un paradigma de justicia y como una propuesta para mejorar el sistema penal, con el paso del tiempo ha demostrado que su potencial va mucho más allá del ámbito jurídico. De hecho, la primera práctica restaurativa moderna tuvo lugar en Kitchener (Ontario), en la década de 1970, como respuesta a un delito de vandalismo que conmocionó a toda una comunidad. Sin embargo, la evolución del concepto ha permitido comprender que la justicia restaurativa no solo ofrece una respuesta diferente al delito, sino también una manera distinta de entender las relaciones humanas.

Desde que nacemos vivimos en relación con otras personas. Somos seres relacionales y, precisamente por ello, inevitablemente causamos daño o lo sufrimos en algún momento de nuestra vida. La justicia restaurativa nos recuerda que no necesitamos ser personas perfectas, pero sí personas responsables. Equivocarse forma parte de la condición humana; asumir las consecuencias de nuestros actos, reconocer el daño causado y tratar de repararlo es lo que verdaderamente nos hace crecer como individuos y como comunidad.

Entendida así, la justicia restaurativa deja de ser únicamente un instrumento jurídico para convertirse en una auténtica filosofía de vida. Una forma de construir comunidades más responsables, cohesionadas y respetuosas, donde las personas constituyen el principal capital social.

Para explicar qué significa vivir restaurativamente resulta especialmente inspiradora la propuesta de Howard Zehr, quien formuló diez principios para una vida restaurativa.

Valorar las relaciones. Debemos entendernos como parte de una red de personas, instituciones y del propio entorno. Cuando las relaciones son sólidas, el sentimiento de pertenencia aumenta y disminuye la posibilidad de dañar a quienes forman parte de nuestra comunidad.

Ser conscientes del impacto de nuestras acciones. No se trata de aspirar a la perfección, sino de comprender que cada decisión tiene consecuencias sobre los demás y sobre el entorno en el que vivimos.

Asumir la responsabilidad por el daño causado. Cuando nuestras acciones perjudican a otras personas, debemos reconocerlo y tratar de reparar ese daño, incluso cuando podríamos negarlo o eludirlo. La responsabilidad, junto con el respeto, constituye uno de los pilares esenciales de la justicia restaurativa.

Respetar a todas las personas. El respeto no depende de que compartamos las ideas, las creencias o el comportamiento de los demás. Incluso cuando alguien nos ha ofendido o pensamos que no merece nuestra consideración, el respeto sigue siendo la base sobre la que deben construirse nuestras relaciones.

Incluir a las personas afectadas en las decisiones. Una de las mayores aportaciones de la justicia restaurativa es que devuelve el protagonismo a quienes viven las consecuencias de un conflicto. Escuchar sus historias y permitirles participar en las decisiones supone reconocer su dignidad y favorecer su empoderamiento.

Entender los conflictos como oportunidades. El conflicto forma parte de la vida. Aunque nadie desea sufrir daño, las experiencias difíciles pueden convertirse en oportunidades para aprender, crecer y resignificar lo vivido.

Practicar una escucha profunda. Escuchar para comprender, y no únicamente para responder, constituye una habilidad especialmente necesaria en una sociedad acostumbrada a imponer opiniones y a reducir los espacios para el diálogo. La justicia restaurativa nos recuerda que todas las personas merecen ser escuchadas con respeto.

Fomentar el diálogo. Dialogar implica mantener una actitud abierta incluso cuando lo que escuchamos resulta incómodo. No significa renunciar a nuestras convicciones, sino estar dispuestos a aprender del encuentro con el otro.

Ser prudentes con nuestras "verdades". Defender nuestras ideas no nos autoriza a imponerlas. La libertad de expresión encuentra uno de sus límites en el respeto a la dignidad de los demás, especialmente cuando nuestras palabras pueden generar nuevos daños.Comprometerse frente a las injusticias. Vivir restaurativamente también implica no permanecer indiferentes ante situaciones de discriminación, violencia o exclusión. Combatir el racismo, el sexismo, la xenofobia o cualquier otra forma de injusticia es una responsabilidad compartida y conecta con la dimensión transformadora de la justicia restaurativa como movimiento social.

Probablemente estas ideas, en una publicación jurídica, puedan parecer alejadas de los debates habituales sobre normas o procedimientos. Sin embargo, representan una propuesta para construir comunidades más pacíficas, responsables y cohesionadas. En definitiva, comunidades restaurativas.

Y precisamente ahí encontramos un interesante paralelismo con nuestra selección española. No ha ganado un grupo de estrellas individuales; ha ganado un equipo. Ningún jugador ha estado por encima del colectivo y todos, incluso quienes apenas han disputado minutos o no han llegado a jugar, han contribuido al éxito común. Frente a selecciones excesivamente dependientes de grandes individualidades, España ha demostrado que el verdadero liderazgo surge cuando todos sienten que forman parte de un mismo proyecto. También han ofrecido un ejemplo de respeto hacia sus rivales, incluso en momentos en los que ese respeto no siempre fue correspondido, como ocurrió tras el partido frente a Argentina. Cuando las personas sienten que pertenecen a una comunidad, las dificultades no las dividen; al contrario, refuerzan los vínculos que las mantienen unidas.

Más allá del éxito deportivo, esta selección ha representado valores como el compromiso, la humildad, la responsabilidad, el respeto y el sentido de pertenencia. Son los mismos valores que inspiran la justicia restaurativa y que deberíamos esforzarnos por transmitir a las generaciones futuras. Sentirnos parte de una comunidad favorece nuestro desarrollo personal, fortalece la convivencia y nos hace corresponsables del bienestar colectivo.

Resulta significativo que los incidentes y altercados producidos tras la celebración se hayan concentrado, precisamente, en aquellos lugares donde el sentimiento de pertenencia a la comunidad es más débil o donde el respeto hacia los demás ha quedado relegado a un segundo plano. Ello invita a una reflexión más amplia: si existen territorios que reivindican ser referentes en justicia restaurativa dentro del ámbito penal, quizá también deberían impulsar con mayor decisión una auténtica cultura restaurativa en sus barrios, escuelas, universidades, asociaciones deportivas y comunidades. Porque la justicia restaurativa despliega todo su potencial cuando deja de ser únicamente una respuesta al delito y pasa a convertirse en una forma de vivir juntos.

LA SELECCIÓN ES UN EJEMPLO DE LA IMPORTANCIA DE LA JUSTICIA RESTAURATIVA EN LA COMUNIDAD Y PARA LA COMUNIDAD

.Como he venido defendiendo a lo largo de este artículo, una vez superada la idea de que la justicia restaurativa solo tiene sentido en el ámbito penal, también debemos abandonar otro error frecuente: pensar que existe una única manera de hacer justicia restaurativa. Actualmente algunas entidades pretenden presentar un determinado modelo como el único válido, cuando precisamente una de las mayores fortalezas de la justicia restaurativa es su capacidad para adaptarse a las necesidades de cada comunidad y de cada situación.

No existe una intervención restaurativa universal. Existen diferentes intervenciones restaurativas que pueden diseñarse en función del objetivo perseguido, de las personas que participan, del contexto, del tiempo disponible o del tipo de relación que se pretende fortalecer o reparar. Su esencia reside precisamente en esa flexibilidad. Pero esa flexibilidad no significa improvisación, al contrario, exige una sólida formación para evitar una realidad cada vez más frecuente: presentar como restaurativas actividades que, en realidad, no lo son. Talleres, dinámicas grupales o entrevistas motivacionales pueden ser herramientas valiosas, pero no se convierten automáticamente en justicia restaurativa por el simple hecho de recibir esa etiqueta.

Como explico en mi libro El futuro de la justicia restaurativa. Cuando la justicia escucha, la justicia restaurativa ofrece una extraordinaria oportunidad para construir comunidades restaurativas en muy diversos espacios. Podemos hablar de pueblos, barrios o ciudades restaurativas, pero también de familias, centros educativos, universidades, empresas, equipos deportivos o incluso centros penitenciarios. Al fin y al cabo, una comunidad no se define únicamente por compartir un espacio geográfico; también la forman personas unidas por objetivos, valores, creencias, intereses o proyectos comunes que generan un sentimiento de pertenencia.

Precisamente ahí reside otra de las grandes aportaciones de la justicia restaurativa: no toda intervención restaurativa tiene como finalidad reparar un daño ya producido. También podemos fortalecer las relaciones antes de que aparezca el conflicto. Podemos construir comunidad. Ese es, probablemente, uno de sus mayores potenciales preventivos. Promover comunidades guiadas por valores como el respeto, la responsabilidad, la participación, el diálogo o la escucha activa reduce la probabilidad de que surjan daños y facilita que, cuando aparezcan, puedan afrontarse de una forma más humana y responsable.

La selección española constituye un buen ejemplo de ello. Su éxito no ha descansado únicamente sobre el talento individual, sino sobre la confianza mutua, el compromiso colectivo y un profundo sentimiento de pertenencia.

Todos los integrantes del equipo, independientemente de los minutos disputados, se han sentido parte de un mismo proyecto. Esa cultura compartida ha permitido que el grupo estuviera siempre por encima de las individualidades.

Ese mismo principio puede trasladarse a nuestras comunidades. Cuanto más fuerte sea el sentimiento de pertenencia a una familia, un colegio, una universidad, un barrio, una empresa o un equipo deportivo, menor será la predisposición a dañar a quienes forman parte de ella. Por ello resulta imprescindible impulsar intervenciones restaurativas dirigidas no solo a reparar conflictos, sino también a fortalecer vínculos, crear espacios seguros de diálogo, dar voz a las personas y fomentar la corresponsabilidad.

Además, conviene recordar que la justicia restaurativa no se reduce a los encuentros entre quien ha causado un daño y quien lo ha sufrido. Esa es solo una de sus posibles manifestaciones. Existen muchas otras prácticas restaurativas orientadas a prevenir conflictos, fortalecer las relaciones y construir comunidad. Lo verdaderamente importante no es reproducir un determinado modelo, sino que cualquier intervención respete los principios y valores restaurativos que le dan sentido. Por ello, la ética y la formación de quienes diseñan y facilitan estas intervenciones resultan determinantes. El potencial transformador de la justicia restaurativa es enorme, pero también lo es la responsabilidad de quienes la impulsan. Las administraciones públicas y las instituciones deben evitar convertirla en un mero recurso retórico o en una herramienta de marketing institucional. Con demasiada frecuencia se anuncian ambiciosos programas restaurativos que, en la práctica, terminan reduciéndose a actuaciones testimoniales o a iniciativas difícilmente calificables como restaurativas.

Si realmente queremos construir comunidades más cohesionadas, responsables y resilientes, la justicia restaurativa debe dejar de entenderse únicamente como una respuesta al delito para convertirse en una auténtica política de fortalecimiento comunitario. Solo así podremos aprovechar todo su potencial transformador y comprender que la mejor reparación es, muchas veces, aquella que evita que el daño llegue a producirse.

CONCLUSIONES

Quizá el mayor aprendizaje que nos deja este Mundial no sea únicamente un nuevo título, sino la constatación de que las comunidades fuertes no se construyen sobre individualidades, sino sobre vínculos, responsabilidad compartida, respeto y sentido de pertenencia. La selección española ha demostrado que cuando un grupo comparte un propósito, reconoce el valor de cada uno de sus integrantes y antepone el bien común al protagonismo individual, es capaz de alcanzar metas que parecían inalcanzables. Precisamente esos son algunos de los valores que inspiran la justicia restaurativa.

Por ello, si queremos sociedades más pacíficas, cohesionadas y resilientes, no basta con reservar la justicia restaurativa para cuando ya se ha producido un daño, debemos entenderla también como una filosofía de vida y una herramienta preventiva para construir comunidad en nuestras familias, escuelas, universidades, equipos deportivos, barrios o lugares de trabajo. Fortalecer el sentimiento de pertenencia, generar espacios de diálogo y fomentarla corresponsabilidad no solo reduce conflictos, sino que crea ciudadanos más comprometidos con el bienestar colectivo. La justicia restaurativa nos recuerda que una comunidad no se define únicamente por compartir un territorio, una afición o una bandera, sino por la forma en que sus miembros se relacionan entre sí. El éxito de nuestra selección ha sido, en este sentido, un recordatorio de que cuando el respeto, la cooperación y el compromiso con el grupo prevalecen sobre la confrontación y el individualismo, todos salimos fortalecidos. Quizá ese sea el verdadero reto que tenemos por delante: trasladar esos valores del terreno de juego a nuestra vida cotidiana y comprender que construir comunidad es, al fin y al cabo, la mejor forma de prevenir el daño y de hacer una sociedad más justa