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Omar Molina, Socio de laboral de Augusta Abogados

Hay personas que pasan por la vida sin hacer ruido y otras que, incluso en la discreción, son una superestrella de vida, de esas que no necesitan escenarios porque su grandeza está en la forma de vivir, de amar y de cuidar a los demás.

Estas lineas están dedicadas  homenaje a Nana, la que fue mi suegra,  cuyo ejemplo de vida y cuyo legado siguen brillando tres años después de su partida. Este sábado  14 de marzo, se cumplen tres años desde que se fue.

Aquel día el mundo pareció detenerse y yo también me detuve con aquella llamada tan difícil que nadie quiere recibir. Tres años desde ese momento que quedó grabado para siempre en la memoria. Pero también tres años en los que su recuerdo, lejos de apagarse, ha seguido creciendo en cada conversación, en cada recuerdo compartido y en cada gesto que inevitablemente nos devuelve a ella.

Para mí, Nana no fue solo una figura admirada por muchos; fue familia. Y eso hace que su recuerdo tenga una profundidad especial, hecha de momentos sencillos, de conversaciones, de silencios compartidos y de esa forma tan suya de estar siempre pendiente de los demás.

Nana fue muchas cosas a lo largo de su vida: madre, profesional, amiga, artista, compañera pero, sobre todo, fue un ejemplo. Un ejemplo de fortaleza, de generosidad y de amor por la vida.

Licenciada en Derecho por la Universidad de Granada, dedicó buena parte de su carrera a trabajar al servicio de los demás, especialmente desde la Oficina del Defensor del Ciudadano del Ayuntamiento de Granada, donde durante años escuchó y ayudó a vecinos que acudían con problemas y preocupaciones. Lo hacía con una mezcla de profesionalidad, cercanía y empatía que dejaba huella en quienes la trataban.

Pero su historia no se puede entender solo desde lo profesional. A los 34 años recibió uno de esos golpes que cambian una vida: el diagnóstico de esclerosis múltiple. Una enfermedad que con el tiempo fue limitando su movilidad, pero que nunca logró limitar su espíritu. Para afrontarlo, Nana eligió vivir con valentía. Eligió afrontar cada dificultad con dignidad, con una sonrisa y con una extraordinaria capacidad para seguir pensando en los demás antes que en sí misma.

Quienes la conocieron saben que tenía un talento especial para conectar con las personas. Era cercana, generosa y profundamente humana. Por eso no era extraño que quienes acudían a ella con un problema terminaran marchándose no solo con una solución, sino también con la sensación de haber sido escuchados y comprendidos.

Además, Nana tenía una sensibilidad artística extraordinaria. Cantaba, pintaba, hacía fotografía y encontraba inspiración en los libros y en el patrimonio cultural de la ciudad que tanto amaba: Granada. Su creatividad era otra forma de expresar su manera de mirar el mundo: con sensibilidad, curiosidad y belleza.

Pero si hay algo que define verdaderamente el legado de Nana es la huella que dejó en lo más importante de su vida: su familia. La mejor herencia que dejó a este mundo son sus dos hijas, Paola y Laura, dos mujeres extraordinarias que representan, cada una a su manera, lo mejor de ella.

Paola aporta valor al mundo desde la ciencia, con la curiosidad y el compromiso que ayudan a avanzar a la sociedad y Laura lo hace desde la creatividad, aportando sensibilidad, talento y nuevas formas de mirar la realidad. Dos caminos distintos, pero unidos por un mismo origen, una madre con tremendos valores, el ejemplo y el amor que recibieron de su madre. Tres años después de su partida, Nana sigue presente. Está en los valores que nos enseñó. En las conversaciones en las que inevitablemente aparece su nombre. En las decisiones que tomamos recordando cómo habría actuado ella.

Porque hay personas que no se van nunca del todo, que se quedan en la memoria, en el corazón y en la forma en la que miramos el mundo.

Y Nana seguirá siendo siempre eso que fue durante toda su vida, una auténtica superestrella.