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Te fuiste muy pronto, siempre te agradeceré tu cercanía, cariño y amistad. Quiero resaltar tu último artículo de LA RAZÓN donde me mencionabas junto a Isidro Fainé para reconocer que ‘el bien no hace ruido y el ruido no hace bien’. Lo dijiste muchas veces y tú mismo lo practicabas, cumpliendo siempre con tu obligación, sabiendo estar en todo momento, haciendo el bien en silencio.

Tristemente de poco sirven los lamentos cuando la persona querida que se nos ha ido no vuelve ni volverá, aunque siempre permanecerá en ese rincón del alma en el que permanece vivo para siempre. Tú, querido Gaspar, vivías la vida con ilusión y con mil planes por cumplir al día siguiente, dándole forma y contenido a tu día a día con ganas de vivir la vida intensamente y con la ilusión de hacerlo todo y además hacerlo bien.

Hace pocos días hablabas con nuestro común amigo, Isidro Fainé, acerca de la utilización de las frases que has repetido a lo largo de toda tu intensa y fructífera vida. Nos comentabas los entrañables momentos y resaltabas tu admiración por esa sencilla y profunda frase que dice mucho ‘hacer poco ruido y saber guardar silencio’ y no contabas que habías aprendido esta frase y otras muchas que te habían acompañado a lo largo de tu vida, como por ejemplo: “Si la palabra es plata, el silencio es oro”.

Imagino que desde ahí arriba donde nos sigues cuidando y permaneces velando por nosotros, estarás contemplando cómo tus amigos te recuerdan, cómo dejaste una huella muy profunda en tus compañeros de profesión y las personas que te conocieron a lo largo de tu intensa aunque corta vida. Hoy todos te rendimos homenajes y seguimos pensando en ti, con la misma intensidad con la que tú cantabas los goles de la selección española o del Real Madrid.

Siempre serás leyenda para tus amigos y un gran ejemplo para todos y siento que haya llegado el día de los recuerdos y las alabanzas sin haber podido compartir tantas y tantas cosas que se marcharon con los sueños. Esas alabanzas en las que me asusta pensar puesto que anuncian una despedida, una pérdida del amigo que se va para siempre y el día después solo queda el polvo, la huella de una lágrima, un abrazo o una clamorosa despedida.

Esa huella llega hasta el corazón y hace repetir los pensamientos del poeta José Ángel Buesa: “El tiempo y el olvido son las únicas cosas que nunca tienen fin…”

Hemos compartidos muchos días, muchos años y los hemos disfrutado todos, cada segundo, juntos hemos sabido forjar el sueño del día siguiente. Tengo tantas cosas que agradecerte y recordar, nuestra amistad compartida con Ángel María Villar, el seleccionador nacional de fútbol, Vicente del Bosque, nuestro entrañable José Mota, el gran periodista deportivo, José María García, con el que compartiste muchos años de retransmisiones en la radio, el actor y presentador Pedro Ruíz y sobre todo, el cariño tan sincero y tan preciado de toda tu familia, principalmente tu mujer Adela, y tus hijas, que compartieron muchas horas con nosotros y que consideramos como miembros de nuestra familia.

Recuerdo ahora con cariño e intensidad la autobiografía de Luis Rosales:

Como el náufrago metódico que contase las olas 
que faltan para morir, 
y las contase, y las volviese a contar, para evitar 
errores, hasta la última, 
hasta aquella que tiene la estatura de un niño 
y le besa y le cubre la frente, 
así he vivido yo con una vaga prudencia de 
caballo de cartón en el baño, 
sabiendo que jamás me he equivocado en nada, 
sino en las cosas que yo más quería.

Y así nos has dejado, huérfanos de tu cariño, y con un vacío en nuestro interior que dejaste cuando te fuiste aunque siempre permanecerás con nosotros. Como dijo Miguel Hernández en su Elegía a Ramón Sijé:

…Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo…

No quiero decirte adiós, te imagino observando la grandeza de volar todo el entorno de tu vida con la velocidad de una estrella fugaz, te fuiste muy pronto aunque siempre permanecerás en nuestros corazones.

Descansa en paz.




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