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Jorge firmó su hipoteca en 2008, como muchos otros en España, sin saber muy bien qué significaban todas aquellas cláusulas que aparecían en el contrato. Solo quería su casa. Y como la mayoría, confió en el banco.

Le impusieron los gastos de notaría, registro, gestoría… incluso una parte del impuesto. “Es lo que hay”, le dijeron.

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