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La eutanasia de Noelia Castillo Ramos, ocurrida el 26 de marzo de 2026 en San Pedro de Ribas (Barcelona), se ha convertido en un caso profundamente simbólico dentro de la aplicación de la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia. No solo por su impacto mediático, sino por lo que representa: la persona más joven en acceder a la prestación de ayuda para morir tras acreditar un padecimiento de dolor crónico e irreversible. Un hecho que, más allá de lo jurídico, interpela directamente a nuestra conciencia colectiva

La pregunta inmediata podría ser quién tiene derecho a oponerse a la decisión de una persona mayor de edad. Y, desde el respeto absoluto a la autonomía individual, la respuesta parece clara. Sin embargo, aceptar ese derecho no impide que surjan preguntas más profundas, más incómodas, más necesarias. ¿Qué ha ocurrido antes para que una persona tan joven llegue hasta ahí? ¿Cuántas veces ha fallado el sistema en su deber de proteger, acompañar y ofrecer alternativas? ¿Estamos preparados, como sociedad, para asumir que algunas decisiones de muerte pueden estar atravesadas no solo por el dolor físico, sino por historias de daño no reparado?

Surge entonces un temor legítimo: que la eutanasia, siendo un derecho, pueda convertirse en la única salida percibida por quienes atraviesan sufrimientos profundos sin encontrar apoyo suficiente. No como una elección plenamente libre, sino como el último recurso ante la ausencia de respuestas. Conozco una historia que dialoga, de algún modo, con esta. La de una joven que, con 19 años, también pensó en la eutanasia. Su vida, como la de Noelia, estaba marcada por el dolor, por una infancia difícil, por intentos de suicidio que dejaron secuelas físicas irreversibles. Sin embargo, nueve años después, su realidad es otra. Hoy, con casi 29 años, está embarazada y ha logrado reconstruir su vida hasta un punto que entonces parecía inimaginable. Y mira atrás con la certeza de que, en aquel momento, necesitaba ayuda, no una salida definitiva.

Dos historias que parten de lugares similares, pero que llegan a destinos radicalmente distintos. Y es precisamente en ese contraste donde emerge la pregunta más difícil: ¿podríamos haber hecho algo diferente? No se trata de comparar vidas ni de cuestionar decisiones individuales. Cada persona es única, cada historia irrepetible, y cada proceso vital está atravesado por factores que no siempre alcanzamos a comprender. Pero esa complejidad no nos exime de responsabilidad. Al contrario, nos obliga a mirar más allá de los casos concretos y preguntarnos qué tipo de red estamos ofreciendo como sociedad. Porque cuando una persona ha crecido en contextos de vulnerabilidad, cuando ha experimentado abandono, violencia o desprotección, su forma de habitar el dolor no es la misma. Y entonces la cuestión deja de ser únicamente individual para volverse estructural. Quizá no podamos cambiar lo ocurrido. Quizá nunca sepamos con certeza si el desenlace habría sido distinto. Pero lo que sí podemos —y debemos— hacer es incomodarnos.

Permitirnos sentir que algo no ha funcionado como debería. Porque esa incomodidad, lejos de ser estéril, puede ser el primer paso hacia una sociedad más consciente, más presente y más responsable. Y es que, en el fondo, cuando una vida tan joven se apaga de esta manera, el silencio que queda no es solo personal. Es también colectivo.

EUTANASIA ES UN DERECHO PARA TODA PERSONA IGUAL QUE PODER DESARROLLARSE EN UN AMBIENTE DIGNO Y ADECUADO

Soy una firme defensora de la eutanasia. Nunca he considerado que una persona deba ser obligada a vivir con padecimientos innecesarios, especialmente cuando existe una enfermedad incurable que inevitablemente pondrá fin a su vida, o cuando la propia existencia se ve tan limitada que la autonomía desaparece casi por completo. Defender este derecho es, en esencia, defender la dignidad humana.

Sin embargo, al conocer el caso de Noelia, ese convencimiento —que siempre había sentido como sólido e incuestionable— se llenó de matices y preguntas. Porque las personas no somos solo diagnósticos ni circunstancias aisladas: somos historias. Y en el caso de Noelia, su decisión no parecía surgir únicamente del dolor físico, ni de una enfermedad irreversible, ni de un accidente fortuito. Su decisión estaba profundamente atravesada por una vida marcada por el abandono, la desprotección y el abuso. Y ahí es donde emerge la verdadera inquietud: no tanto por su decisión, sino por todo lo que ocurrió antes para que esa decisión llegara a ser posible.

La infancia deja huellas profundas. Las relaciones tempranas, los vínculos con quienes deberían cuidarnos, protegernos y querernos, son la base sobre la que construimos nuestra identidad y nuestra forma de estar en el mundo. A estas conexiones se suman otras igualmente relevantes: el entorno escolar, las amistades, los espacios sociales. Cuando todo eso falla, cuando no hay red, cuando no hay sostén, el daño no es puntual: es estructural. La historia de Noelia revela precisamente esa ausencia de vínculos seguros, ese tránsito por un sistema que, probablemente, no supo —o no pudo— ofrecerle el acompañamiento necesario para reconstruirse. No se trata de señalar culpables individuales, sino de asumir responsabilidades colectivas. Cuando una familia no puede cuidar, el sistema debe estar a la altura. Y eso implica mucho más que cubrir necesidades básicas: implica ofrecer hogares reales, espacios donde un niño o una niña pueda sentirse visto, protegido y querido. Hoy sabemos que los centros de acogida, en muchos casos, distan de ser ese lugar seguro. Y aceptar esto no es una crítica destructiva, sino un punto de partida imprescindible para repensarlos y transformarlos.

El problema es que las estructuras institucionales tienden a burocratizarse, y con ello corremos el riesgo de deshumanizar la intervención. Las personas dejan de ser historias para convertirse en expedientes. Sin embargo, el Estado tiene la obligación de garantizar algo mucho más profundo: que todas las personas puedan crecer en condiciones de dignidad, libres de violencia, maltrato o abuso. La dignidad no puede limitarse al final de la vida; debe ser un principio transversal que la atraviese por completo.

Y, sin embargo, con demasiada frecuencia, protegemos el derecho a morir dignamente mientras descuidamos el derecho a vivir con dignidad. Especialmente cuando se trata de niños, niñas y adolescentes. Desde esta mirada, resulta evidente que el sistema ha fallado. No solo en prevenir el daño, sino también en acompañarlo y repararlo. Por eso, cuando hablamos de justicia restaurativa, no hablamos de una alternativa marginal ni de una intervención puntual, sino de un enfoque necesario. No todos los daños son delitos, pero todos los daños tienen consecuencias. La soledad, la discriminación, la falta de reconocimiento o el desamparo también configuran trayectorias vitales. Generar espacios restaurativos —reales, sostenidos, humanos— permite que esas historias sean escuchadas, reconocidas y acompañadas.

Esto exige políticas públicas con un enfoque transversal de justicia restaurativa, donde la empatía, el respeto y la responsabilidad no sean conceptos teóricos, sino ejes de actuación. No es una utopía: es una forma distinta de entender el sistema, no solo como un mecanismo de reparación, sino como una herramienta de construcción y fortalecimiento de comunidad. De todo esto precisamente hablo en mi último libro: el futuro de la justicia restaurativa cuando la justicia escucha. Quizá, si el sistema hubiera sido menos burocrático y más humano, la historia de Noelia habría sido distinta. Quizá, si hubiera encontrado espacios seguros tras la violencia sufrida, si hubiera sentido que podía denunciar sin miedo, si hubiera recibido un acompañamiento integral —jurídico, terapéutico y restaurativo—, su proceso habría tomado otro rumbo. No lo sabemos. Y es importante reconocer esa incertidumbre.

Lo que sí sabemos es que muchas víctimas de violencia no denuncian, o abandonan el proceso, precisamente porque no se sienten escuchadas ni sostenidas. El proceso penal, por sí solo, no basta. La recuperación del trauma requiere tiempo, cuidado y espacios donde el dolor pueda ser nombrado sin ser juzgado. Es ahí donde la justicia restaurativa tiene un papel fundamental: no como sustituto, sino como complemento imprescindible.  Cuando una persona siente que se ha hecho justicia —en un sentido amplio, humano—, es más probable que encuentre caminos para seguir adelante. Porque el trauma que no se atiende no desaparece: se transforma, se desplaza, se reproduce, a veces hacia los demás y, en ocasiones, hacia uno mismo. Analizar estos casos a posteriori siempre será más fácil que acompañarlos en tiempo real. Y aun así, incluso con todos los recursos, nunca podremos asegurar cuál habría sido la decisión final. Pero eso no nos exime de responsabilidad. Como sociedad, estamos llamados a preguntarnos si realmente estamos haciendo todo lo posible por proteger, acompañar y ofrecer a las personas razones para quedarse.

Defender la eutanasia como derecho implica también asumir el compromiso de garantizar todo lo anterior. Porque solo cuando una vida ha sido verdaderamente cuidada, acompañada y respetada, la decisión de morir puede considerarse plenamente libre.

JUSTICIA RESTAURATIVA FAMILIAR

Mientras en otros lugares como México conocen y saben la importancia de generar intervenciones restaurativas en otros espacios donde como personas nos relacionamos y podemos dañar o se dañados, en España nos hemos quedado en talleres en el ámbito penitenciario,  ni siquiera en verdaderas intervenciones restaurativas. Menos mal que desde la sociedad civil estamos comprometidos con la justicia restaurativa y ofrecemos diversos espacios restaurativos porque la administración realmente no hace nada. La familia constituye el núcleo más importante de nuestra vida. En gran medida, una infancia más o menos segura, afectiva y estable condiciona nuestro desarrollo personal y social. Cuando estas bases fallan, aparecen carencias que pueden acompañarnos durante años. Por eso, trabajar con familias vulnerables, atravesadas por conflictos o por experiencias de daño, no solo permite reparar lo que se ha quebrado, sino también fortalecer vínculos o incluso construirlos allí donde nunca existieron. Sentirse parte de una familia, saberse acompañado y sostenido, puede marcar la diferencia entre encontrar sentido a la vida o perderlo. No se trata de cuestionar decisiones individuales, sino de preguntarnos colectivamente por qué tantas veces el sistema llega tarde, o solo aparece en los momentos finales. Es legítimo preguntarse por la dejadez en la protección de la infancia, por la falta de acompañamiento real a las víctimas, y por la escasez de recursos eficaces para ayudar a las personas a atravesar y resignificar el dolor. Escuchar a las víctimas implica mucho más que reconocer su sufrimiento: significa ofrecerles espacios donde puedan expresar qué necesitan, no solo para sentirse reparadas —algo que en ocasiones no es posible—, sino al menos para sentirse mejor, más comprendidas, más humanas. Significa también garantizar lugares seguros para que niños, niñas y adolescentes puedan ser oídos de verdad. En definitiva, supone construir espacios restaurativos que visibilicen las historias de quienes sufren y que permitan transformar el dolor en algo compartido y acompañado.  Este camino no asegura que no vuelvan a producirse historias similares pero sí nos acerca a una sociedad más consciente, más humana y más responsable. Una sociedad que, al menos, pueda sostener la certeza de que hizo todo lo posible por cuidar, escuchar y acompañar antes de que fuera demasiado tarde.

CONCLUSIONES

La historia de Noelia nos confronta con una verdad incómoda: no basta con garantizar el derecho a morir dignamente si antes no hemos sabido garantizar el derecho a vivir con dignidad. Su decisión, profundamente respetable en lo individual, deja una herida colectiva que nos interpela como sociedad, porque habla menos de una elección libre y más de un recorrido vital marcado por ausencias, silencios y fallos estructurales. El contraste con otras historias posibles nos recuerda que el sufrimiento no siempre es definitivo, que las trayectorias vitales pueden transformarse cuando existen apoyos, vínculos y oportunidades reales de reconstrucción.

 Y es ahí donde surge la pregunta más dolorosa: no si debía o no morir, sino si hicimos todo lo necesario para que quisiera seguir viviendo. Noelia no es solo un caso, es el reflejo de un sistema que llega tarde, que a veces escucha cuando ya no hay esperanza, pero que no siempre ha estado presente cuando más se necesitaba. Un sistema que protege en el final, pero que ha fallado en el inicio y en el camino, olvidando que la dignidad no puede ser un derecho reservado al último momento de la vida.

La infancia desprotegida, la falta de vínculos seguros, la burocratización de las respuestas institucionales y la ausencia de espacios reales de escucha no son hechos aislados, sino síntomas de una estructura que necesita ser profundamente revisada. Porque cuando una persona siente que no pertenece, que no es vista ni sostenida, la desesperanza deja de ser una emoción pasajera para convertirse en una forma de estar en el mundo. Frente a esto, la justicia restaurativa emerge no como una utopía, sino como una necesidad urgente. No solo para reparar daños, sino para prevenirlos, para tejer comunidad, para ofrecer espacios donde las historias puedan ser nombradas, reconocidas y acompañadas antes de que se conviertan en decisiones irreversibles. Escuchar de verdad, con tiempo, con humanidad y con compromiso, puede marcar la diferencia entre rendirse o resistir.

También es inevitable señalar que la familia, cuando falla, no puede dejar a la persona en el vacío. El sistema debe ser capaz de sostener, de cuidar, de ofrecer alternativas reales de pertenencia y afecto. Porque nadie debería crecer sintiendo que está solo frente al mundo. Cuestionar lo ocurrido no implica cuestionar el derecho a la eutanasia, sino ampliar la mirada: defender ese derecho también exige comprometernos con todo lo que debe existir antes, con todas las condiciones que hacen que la vida sea vivible. De lo contrario, corremos el riesgo de convertir una conquista en un refugio ante el abandono. Quizá no podamos saber si el desenlace habría sido distinto, pero sí podemos decidir qué tipo de sociedad queremos ser a partir de ahora. Una que llegue a tiempo, que no mire hacia otro lado, que no reduzca el dolor a expedientes, y que entienda que cuidar la vida es mucho más que evitar la muerte. Porque, en el fondo, lo que duele no es solo que Noelia decidiera irse, sino la sensación de que, en demasiados momentos de su vida, nadie logró convencerla de que merecía quedarse.