Virginia Domingo de la Fuente
Una inesperada ruptura interna sacude al Real Madrid, después de que varios jugadores clave habrían solicitado la salida de Federico Valverde, una de las figuras centrales del club, luego de su pelea con Aurélien Tchouaméni en un momento crítico para el equipo. Esta situación, que expone la fragilidad de la convivencia en el vestuario, coincide con la exigencia máxima de resultados deportivos. Esto son algunos titulares de noticias publicadas estos días.
Los seres humanos somos seres profundamente relacionales. Desde que nacemos vivimos en interacción constante con otras personas y, en esas relaciones, podemos dañar o ser dañados. Vivimos en comunidad y esa pertenencia influye de manera decisiva en nuestra forma de actuar, pensar y sentir, tanto para bien como para mal. Sentirnos integrados, escuchados y partícipes del bien común favorece conductas más responsables y cooperativas; por el contrario, la desconexión o la exclusión pueden generar actitudes dañinas, conflictos y violencia.
JUSTICIA RESTAURATIVA EN LA COMUNIDAD EN ESTE CASO DEPORTIVA
¿Y a qué me refiero cuando hablo de comunidad? Según el diccionario, una comunidad es un grupo de personas que interactúan y comparten un espacio común, pudiendo organizarse en torno a valores compartidos, aunque habitualmente está formada por grupos heterogéneos con intereses y prioridades diferentes. Esta sería la llamada comunidad geográfica.
Sin embargo, una comunidad es mucho más que un territorio compartido. También puede entenderse como un conjunto de personas unidas por elementos comunes como las tareas, los valores, los roles, el idioma, las creencias o los objetivos. Muchas veces las personas se agrupan de manera voluntaria y espontánea porque comparten intereses, inquietudes o una finalidad común. Precisamente esos elementos compartidos son los que construyen la identidad de cada comunidad.
Por eso podemos hablar de múltiples tipos de comunidades: la escolar, la familiar, la laboral, la deportiva, la penitenciaria, la vecinal o incluso la comunidad de amigos. Algunas surgen por elección, como ocurre con un equipo deportivo; otras vienen determinadas por necesidad o convivencia, como sucede en un barrio o una ciudad. Pero en todas ellas existe algo en común: las relaciones humanas. Y en esas relaciones, inevitablemente, podemos dañar o ser dañados.
Es precisamente en estos espacios donde las intervenciones restaurativas adquieren sentido. No solo sirven para reparar el daño cuando este ya se ha producido, sino también para fortalecer las relaciones, generar sentimiento de pertenencia y construir comunidades más cohesionadas.
La justicia restaurativa no debe limitarse a intervenir después del conflicto; también puede ayudar a prevenirlo, fomentando comunidades más maduras, seguras, responsables y comprometidas con el bienestar común.
En este caso hablamos de un equipo de fútbol concreto, pero podríamos estar hablando de cualquier otro, incluso de categorías inferiores como equipos juveniles o infantiles. En todas estas comunidades deportivas resulta esencial que la justicia restaurativa sea el eje de las intervenciones y de la forma de gestionar los conflictos y los daños. En el caso del Real Madrid, no se trata únicamente de mantener la convivencia interna o reparar el daño ocasionado tras una agresión. Se trata también de comprender la enorme influencia social que tienen sus jugadores y el propio club. Son referentes para millones de niños y niñas y, precisamente por ello, deberían aprovechar estas situaciones conflictivas para transmitir que otra forma de actuar es posible. Una forma basada en la responsabilización, la reparación del daño causado y el compromiso sincero de no repetir conductas dañinas.
Los conflictos son inherentes al ser humano y, por eso, puedo entender que se afirme que siempre ha habido discusiones o peleas en los vestuarios. Lo preocupante no es reconocer que los conflictos existen, sino normalizarlos hasta el punto de considerar suficiente explicación decir que “esto siempre ha pasado”. El verdadero problema no debería ser que el hecho haya trascendido públicamente, sino que dos personas hayan llegado a dañarse de esa manera dentro de una comunidad que debería sostener y cuidar a sus miembros. Insisto: en nuestras relaciones humanas podemos dañar o ser dañados. Pero la verdadera oportunidad aparece en cómo decidimos responder ante ese daño. Ahí es donde la justicia restaurativa ofrece un camino distinto, capaz de convertir el conflicto en aprendizaje y de mostrar que existen maneras más responsables, humanas y constructivas de afrontar las tensiones.
Además, la comunidad deportiva no está formada únicamente por jugadores, entrenadores o directivos. También la integran trabajadores del club, familias y aficionados que sienten esos colores como parte de su identidad. Todos ellos se ven afectados por lo que sucede dentro del equipo y todos reciben el mensaje que el club transmite con sus actuaciones. Por eso, cuando los jugadores son referentes de tantos menores, estas situaciones pueden convertirse en auténticas oportunidades educativas. Oportunidades para enseñar valores como el respeto, la empatía, la responsabilidad y la capacidad de reparar el daño causado. Valores y prácticas restaurativas que, sin duda, pueden ayudar a muchos niños y niñas en su manera de relacionarse y afrontar los conflictos en el futuro. Los grandes clubes de fútbol tienen una enorme responsabilidad social. No basta con ganar partidos o levantar títulos. También tienen una función educativa y ética, porque el deporte no solo forma deportistas: también contribuye a formar personas y comunidades.
¿QUÉ INTERVENCIONES RESTAURATIVAS PODRÍAN DARSE EN LOS EQUIPOS DE FUTBOL?
Tal y como expongo en mi libro “El futuro de la justicia restaurativa: cuando la justicia escucha”, deberíamos aspirar a construir auténticas comunidades restaurativas en todos los ámbitos de convivencia: en las escuelas, las familias, los barrios, las ciudades y, por supuesto, también en los equipos deportivos, tanto de élite como de fútbol base.
La finalidad sería promover intervenciones restaurativas en distintos niveles, no solo para reparar el daño cuando este ya se ha producido, sino también para construir, fortalecer y cohesionar las comunidades antes de que aparezcan los conflictos más graves.
En el caso del Real Madrid, se ha optado por imponer una sanción económica y considerar que el asunto queda resuelto porque los implicados han pedido perdón. Una vez más, parece asumirse que el perdón, por sí solo, basta para cerrar cualquier herida. Sin embargo, el perdón únicamente adquiere verdadero sentido cuando nace de un proceso sincero de responsabilización. Para pedir perdón de manera auténtica es necesario comprender que la conducta realizada no fue adecuada, reconocer que produjo consecuencias negativas para otras personas y también para uno mismo, y asumir el compromiso de actuar de manera diferente en el futuro. Precisamente eso es lo que persigue la justicia restaurativa: generar responsabilización, comprensión del daño causado y voluntad real de reparación. Este tipo de intervención debería formar parte esencial de cualquier comunidad deportiva cuando se producen daños o conflictos. No se trata solo de sancionar, sino de evitar la estigmatización, favorecer la reflexión y promover la reconexión entre todas las personas afectadas. El castigo y la sanción, por sí solos, rara vez solucionan el problema. Con frecuencia, lo único que consiguen es aumentar la distancia entre las personas y la comunidad, en este caso deportiva. Por eso son necesarias intervenciones que sean firmes frente al daño producido, pero que al mismo tiempo tengan en cuenta a las personas que hay detrás de esos actos y su capacidad para cambiar, responsabilizarse y reparar.
Las intervenciones restaurativas orientadas a la reparación nos recuerdan algo esencial: no necesitamos ser perfectos, pero sí responsables. Todos podemos equivocarnos, pero también todos podemos aprender a hacer lo correcto, reparar el daño causado y reconstruir nuestras relaciones. Estos serían los llamados espacios restaurativos de segundo nivel, orientados específicamente a responder al daño cuando este ya se ha producido.
Otras intervenciones restaurativas deberían orientarse a crear espacios restaurativos de primer nivel. Es decir, lugares de encuentro y diálogo donde los miembros de la comunidad —en este caso, de un equipo deportivo— puedan compartir sus inquietudes, necesidades, emociones o expectativas, tanto en el día a día como ante un partido importante, una derrota, una victoria o cualquier situación que afecte a la convivencia del grupo.
Estos espacios son auténticos lugares de empoderamiento y participación, donde todas las personas tienen voz, pueden sentirse escuchadas y ven reconocidas sus historias y experiencias. Su finalidad no es únicamente resolver conflictos cuando aparecen, sino construir y fortalecer la comunidad deportiva antes de que los problemas escalen. Precisamente por ello, pueden convertirse en herramientas muy eficaces para prevenir la violencia y favorecer relaciones más sanas y responsables dentro y fuera del terreno de juego.
Además, estos espacios restaurativos pueden abrirse a otros miembros de la comunidad deportiva, como las familias, los aficionados o incluso el entorno social del club. Esto resulta especialmente importante en el fútbol base, donde trabajar no solo con los niños y niñas, sino también con sus familias, contribuye a generar ambientes deportivos más seguros, respetuosos y educativos. De esta manera se pueden prevenir conductas violentas, actitudes racistas o comportamientos agresivos que, desgraciadamente, siguen produciéndose tanto en los estadios como fuera de ellos. En realidad, estas intervenciones no son tan diferentes de las que se realizan en el ámbito penal. La gran diferencia es que aquí el foco se sitúa en la propia comunidad y en su capacidad para construir relaciones más saludables y responsables. Se trata, en definitiva, de devolver la justicia restaurativa a la comunidad, al lugar donde nacen las relaciones humanas y donde también pueden surgir los daños. Y hablo de justicia restaurativa, no solo de prácticas restaurativas, porque la justicia no debería limitarse únicamente a los tribunales o al sistema penal. La justicia también es un valor cotidiano, una manera de relacionarnos y de actuar conforme a lo que consideramos correcto. Todos aspiramos —o deberíamos aspirar— a convivir desde el respeto, la responsabilidad y el cuidado mutuo.
Hasta ahora se ha explorado principalmente la dimensión reparadora de la justicia restaurativa, es decir, cómo intervenir cuando el daño ya se ha producido. Pero deberíamos aspirar a algo más amplio: utilizarla también para construir comunidad, fortalecer vínculos y prevenir futuros daños. En definitiva, apostar por más prevención y menos reacción. Por eso, que trascienda una pelea en un equipo de fútbol como el Real Madrid no debería verse necesariamente como algo negativo. Lo que demuestra es algo profundamente humano: que incluso en los espacios más admirados existen conflictos y tensiones.
Lo verdaderamente importante no es ocultar lo sucedido ni minimizarlo, sino la manera en que se decide abordarlo. Ahí es donde un club puede marcar la diferencia: transformando un conflicto en una oportunidad educativa, restaurativa y ejemplar para sus seguidores y para el resto del mundo del fútbol.
CONCLUSIONES
La justicia restaurativa nos recuerda que los conflictos no son el verdadero problema; el problema es cómo decidimos afrontarlos. En cualquier comunidad humana —también en la deportiva— habrá tensiones, errores y daños. La diferencia está en si optamos por ocultarlos, minimizarlos o convertirlos en oportunidades de aprendizaje y transformación colectiva.
Los equipos de fútbol no son únicamente estructuras destinadas a ganar títulos. Son comunidades humanas con una enorme capacidad de influencia social y educativa. Cada gesto, cada respuesta ante el conflicto y cada decisión transmite valores a millones de personas, especialmente a niños y niñas que buscan referentes en sus ídolos deportivos.
Cuando un club responde únicamente con sanciones económicas o justificando las agresiones como “cosas normales del vestuario”, pierde una oportunidad pedagógica enorme. En cambio, cuando se apuesta por el diálogo, la responsabilización, la reparación y la reconstrucción de vínculos, se envía un mensaje mucho más poderoso: que la fortaleza no está en negar el daño, sino en afrontarlo con valentía y humanidad.
La justicia restaurativa propone precisamente eso: comunidades capaces de escuchar, asumir responsabilidades y cuidar las relaciones. No busca eliminar el conflicto, porque el conflicto es inherente a la convivencia, sino impedir que este destruya a las personas y fracture a la comunidad.
El deporte, especialmente el fútbol base, necesita espacios donde jugadores, entrenadores, árbitros, familias y aficionados puedan expresarse, sentirse escuchados y aprender a gestionar las diferencias sin violencia. Construir comunidades deportivas restaurativas no solo previene agresiones o enfrentamientos; también educa en empatía, respeto, corresponsabilidad y compromiso con el bien común.
Quizá el gran reto del deporte actual no sea únicamente formar grandes futbolistas sino formar grandes personas. Y para ello no basta con enseñar a competir; también hay que enseñar a convivir, reparar y cuidar de la comunidad a la que pertenecemos.
Porque al final, una verdadera comunidad deportiva no se mide solo por los títulos que gana, sino por la manera en que trata a las personas cuando aparecen los conflictos y los errores.