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Por: Dra. María Alejandra Mancebo Experta en Compliance, Derechos de las Mujeres y Feminismo

 

Barquisimeto despierta cada mañana bajo un sol que parece fundir el asfalto con la tierra roja, y con ese amanecer, despierta también el peso de una responsabilidad que no se mide en balances financieros ni en márgenes de utilidad, sino en la solidez innegociable de los valores humanos y corporativos.

Como mujer, como venezolana y como Gerente de Control de Riesgos de la Corporación Bel, mi oficina no es simplemente un espacio administrativo de techos altos y archivadores; es una trinchera ética, un centro de mando desde el cual gestiono la incertidumbre y combato la legitimación de capitales en un entorno donde la palabra "cumplimiento" a menudo suena a utopía o a un eco lejano de manuales extranjeros.

Al inicio de este camino, muchos veían mi rol como un obstáculo innecesario, una pausa forzada que ralentizaba el dinamismo del negocio en un país acostumbrado a la inmediatez. Sin embargo, con el tiempo y la firmeza del carácter, he logrado demostrar que el Compliance es, en realidad, el sistema inmunológico de la organización: esa red invisible pero poderosa que detecta la amenaza antes de que se convierta en síntoma y protege la vida de la empresa cuando el virus de la corrupción intenta infiltrarse.

 Mi liderazgo no se basa en el control punitivo ni en el miedo al auditor, sino en una pedagogía de la integridad que busca construir una silla propia en la mesa de decisiones estratégicas, no pidiendo permiso, sino demostrando con datos y ética que la transparencia es la mayor ventaja competitiva que poseemos en esta tierra de gracia.

Al analizar las complejas matrices de riesgo y las alertas tempranas que fluyen por mi departamento, es imposible no invocar el espíritu indomable de Juana Ramírez, conocida por la historia como "La Avanzadora". Ella, quien entre 1790 y 1856 rompió las cadenas invisibles de su propia condición para liderar la "Batería de las Mujeres" en 1813, fue la primera en dar el paso al frente bajo el fuego enemigo para defender la plaza de Maturín.

 En el mundo corporativo actual, ese fuego cruzado se manifiesta bajo formas más sutiles, pero igualmente devastadoras: la opacidad informativa, el soborno disfrazado de cortesía o los capitales de procedencia ilícita que buscan refugio en estructuras lícitas. Mi labor es ser esa primera línea de defensa, esa "Avanzadora" que asegura que el cumplimiento actúe como una artillería de blindaje institucional. Al igual que Juana, mi visión de liderazgo me obliga a no esperar a que el riesgo toque la puerta de nuestra junta directiva; mi deber es salir a buscarlo en los pliegues de cada contrato, identificarlo en el perfil de cada beneficiario final y neutralizarlo antes de que comprometa la estabilidad de nuestro ecosistema financiero.

Esta proactividad no es solo un requisito técnico, es el sello de un liderazgo femenino que entiende que proteger la reputación de la corporación es, en última instancia, proteger el nombre de Venezuela ante los mercados globales.

Gestionar riesgos en la Venezuela contemporánea requiere, además de valentía, una mente estratégica que comprenda profundamente la psicología del territorio y sus matices sociopolíticos. Aquí es donde la figura de Josefa Camejo cobra una relevancia vital en mi narrativa diaria. Entre 1791 y 1862, Josefa no solo empuñó armas con la fuerza de su convicción, sino que leyó con precisión quirúrgica el momento geopolítico para levantar la provincia de Coro en 1821 a favor de la causa republicana. Su determinación estratégica es el espejo donde miro mi propia gestión de la debida diligencia o due diligence.

Para una experta en cumplimiento, la norma no es una lista de chequeo estática ni un documento frío; es un mapa dinámico que exige una lectura sagaz entre líneas. Mi visión se manifiesta en la capacidad de detectar anomalías sutiles en el comportamiento de los mercados y de tomar decisiones firmes cuando el entorno se vuelve más errático. Entiendo, como lo entendió Josefa en las costas falconianas, que la verdadera soberanía de una institución radica en su capacidad de operar con total independencia de intereses oscuros que busquen manchar una trayectoria histórica de esfuerzo y producción. El cumplimiento es, por tanto, nuestro decreto de guerra a muerte contra la falta de ética.

Sin embargo, el ejercicio del control y la vigilancia no está exento de tormentas internas y presiones externas que ponen a prueba la fibra del alma. Hay momentos de alta tensión donde el sistema, seducido por la rapidez de una ganancia efímera, intenta "flexibilizar" la norma o mirar hacia otro lado.

Es en esos instantes de soledad jerárquica donde recurro a la inquebrantable fortaleza de Luisa Cáceres de Arismendi. Su resistencia en los calabozos del Castillo de Santa Rosa entre 1815 y 1818, donde soportó el cautiverio, la pérdida de su hija y la tortura sin traicionar jamás sus ideales ni revelar los planes de la libertad, es el recordatorio supremo de que la integridad no tiene precio ni es negociable bajo ninguna circunstancia. En mi rol como gerente de control de riesgos, la "resistencia" se traduce en la capacidad técnica y moral de mantener la independencia de mi función. Mi oficina debe ser un espacio de autonomía donde la verdad prevalezca sobre la conveniencia comercial.

Si Luisa no cedió ante el imperio más poderoso de su época por amor a una nación que aún no nacía, nosotras, las líderes de hoy, no podemos ceder ante la tentación de un negocio turbio por amor a una cuota de ventas. La ética es el único activo que, una vez comprometido o vendido, no puede ser recomprado en ningún mercado de valores del mundo.

Para que esta visión de liderazgo sea sostenible, la cultura de probidad debe trascender las paredes de la gerencia y convertirse en un mensaje vivo que circule por las venas de cada empleado de la Corporación Bel. Esta labor de difusión encuentra su inspiración en Cecilia Mujica, la "Mártir de la Libertad", quien hasta el momento de su ejecución en 1813 se dedicó con fervor a distribuir boletines y escarapelas que encendían la llama de la emancipación en los corazones de sus compatriotas. Mi labor de liderazgo se enfoca en esa misma misión: educar, sensibilizar y transformar la mentalidad de quienes me rodean.

El Compliance no puede ser un manual de mil páginas olvidado en un servidor; debe ser una convicción compartida. Para lograrlo, tomo prestada la elocuencia y la agudeza crítica de Teresa de la Parra, quien desde 1889 hasta 1936 utilizó su pluma para desafiar las convenciones de una sociedad que pretendía silenciar la voz femenina. Educar en ética corporativa es, en esencia, un acto de reescritura social. Estamos desafiando activamente la vieja cultura de la "viveza" para instaurar una cultura de la excelencia y el honor, donde cada trabajador sea su propio oficial de cumplimiento.

Al caer la tarde sobre el majestuoso Valle del Turbio, mientras las luces de Barquisimeto comienzan a titilar como pequeñas promesas de orden, comprendo que ser una mujer insigne en el área de cumplimiento es un honor que se cultiva con la paciencia del agricultor y la precisión del cirujano. No se trata de acumular certificados o reconocimientos en la pared, sino de la paz profunda que otorga saber que estamos construyendo una institución que sobrevivirá a las crisis coyunturales porque sus cimientos están anclados en la roca de la integridad.

Soy gerente de control de riesgos, soy feminista en la acción y soy guardiana de la legalidad en mi tierra. Mi liderazgo es un tributo vibrante a las heroínas que derramaron su sangre por una libertad que hoy defendemos con computadoras, leyes y principios. Mi mayor auditoría no será la de una firma internacional, sino el legado de transparencia que deje a las jóvenes profesionales que vienen detrás de mí, asegurándome de que Venezuela sea reconocida en el mundo no solo por sus recursos, sino por ser un faro de liderazgo en Compliance y una nación de instituciones insignes.