El espíritu de la grieta: Un diálogo con Byung-Chul Han desde las ruinas de nuestra vulnerabilidad
Maria Alejandra Mancebo
El café se ha enfriado por completo en mi escritorio, pero soy incapaz de apartar la vista de la pantalla del teléfono. Aquí, en Barquisimeto, el suelo nos sacudió con una violencia sorda, un latigazo que nos robó el aliento por unos segundos eternos; sin embargo, las paredes de nuestras casas, en su inmensa mayoría, aguantaron el embate.
Pero el asfalto de mi propia cordura se agrietó irremediablemente al comenzar a recibir las imágenes desde Caracas y La Guaira. Saber que el techo de tu casa sigue intacto mientras el país de tus amigos y tu familia se desmorona genera una culpa muda, un nudo áspero en la garganta que te impide tragar. El desastre no necesita golpearte la puerta ni derribar tu propia sala para destrozarte la vida; la empatía, cuando es real y no un mero postulado académico, te fractura a cientos de kilómetros de distancia.
A mi lado, esquivando carpetas de auditoría, normativas y expedientes que de pronto me parecen de una inutilidad insultante, tengo abierto El espíritu de la esperanza de Byung-Chul Han. No lo estoy leyendo con la distancia aséptica de quien prepara una conferencia de filosofía o busca citas para una clase de postgrado. Lo estoy interpelando. Casi le exijo respuestas en voz alta, en medio del silencio tenso de esta ciudad que aún huele a miedo. ¿Cómo se tiene esperanza frente a tanto dolor, Han?, le pregunto a la página impresa. ¿Cómo se respira cuando cada nota de voz en WhatsApp es un grito ahogado buscando a un desaparecido entre los escombros?
En sus textos, el filósofo surcoreano es implacable a la hora de desarmar nuestra positividad tóxica. Me imagino su voz respondiéndome con esa crudeza lúcida que lo caracteriza, sentado frente a mí en esta oficina. Él sostiene que no debemos, bajo ninguna circunstancia, confundir la esperanza con el optimismo. El optimista, diría él, es un iluso que evita la tragedia, que se repite como un autómata que «todo saldrá bien» porque es incapaz de sostenerle la mirada a la muerte y a la negatividad. La esperanza, en cambio, es otra bestia. Según Han, la esperanza solo puede nacer cuando se atraviesa la desesperación absoluta, cuando el abismo te arranca de tajo cualquier asidero, despojándote de todo control, y te deja suspendida en el vacío.
Y de vacío, los venezolanos sabemos demasiado.
Le reclamo a Han desde mi frustración más cruda y terrenal. Durante más de dos décadas me he forjado como asesora, he diseñado matrices de prevención para corporaciones, he redactado manuales para la gestión y he buceado en el derecho penal, convencida de que el rigor de la norma, el Compliance y la ética podían imponerle un orden racional al caos. He creído, con la soberbia propia de nuestra época, en el control absoluto de los riesgos.
Pero cuando ves el terror absoluto en los ojos de tu gente, cuando sabes que no hay protocolo gubernamental, ni andamiaje jurídico, ni doctorado en gerencia transcompleja que devuelva el aliento a quien quedó atrapado bajo las ruinas en La Guaira, te das cuenta de que nuestras certezas profesionales son apenas papel mojado frente a la intemperie.
El dolor nos arranca del infierno de lo igual y nos empuja, irremediablemente, hacia el otro parece decirme el filósofo desde las páginas de su libro. Y ahí, justo en esa fractura existencial, le doy la razón.
No necesité que el sismo me dejara en la calle en Barquisimeto para sentir el dolor cerquita, quemándome las entrañas. Conozco perfectamente ese abismo. Sentir esta impotencia paralizante frente a la tragedia de esos desconocidos, frente al llanto de mis amigos en la capital, removió la fosa más profunda que habita en mí: el dolor intacto, perenne y silenciado de haber perdido a mi primer bebé a los ocho meses de gestación.
Quien ha parido la muerte, quien ha visto cómo la vida se apaga de cuajo justo cuando estabas a punto de sostenerla en tus brazos, sabe que ese duelo no prescribe. No es un expediente penal que se archiva por falta de pruebas. No se supera. Simplemente aprendes a caminar, a dictar clases y a gerenciar empresas llevando ese hueco en el pecho para siempre.
Esa cicatriz imborrable es la que hoy me permite entender el llanto de quienes lo perdieron todo en este terremoto. Porque sabes exactamente cómo se siente ese frío paralizante en el estómago. Entiendes que el instinto visceral de querer abrazar al que sufre, de salir a buscar comida para un extraño, de remover escombros con las manos desnudas o de detenerte a orar en una acera por alguien que no conoces, no nace de una caridad institucional ni de un manual de responsabilidad social. Nace de que tu herida reconoce a la suya. El dolor propio, cuando se despoja del ego, se convierte en el puente más honesto, radical y urgente hacia la compasión.
Ahí es donde aterriza el espíritu de la esperanza de Han, y ahí es donde nos reencontramos con lo que somos en nuestra dimensión más pura. Y esto conecta directamente con lo que he reflexionado incansablemente sobre el liderazgo del amor en la gerencia. Como sostiene Humberto Maturana, el amor no es una debilidad romántica, sino un fenómeno biológico y relacional básico; es la emoción fundamental que erige nuestra coexistencia social y nos permite aceptar al otro como un legítimo otro en la convivencia. En medio de esta catástrofe, el amor operó exactamente así. Desplazó cualquier jerarquía corporativa o cargo en la administración pública.
Frente a la vulnerabilidad absoluta, la esperanza no fue sentarse a esperar que el Estado resolviera, ni redactar una norma perfecta. La esperanza fue esa avalancha de humanidad que no pidió permiso: la gente compartiendo lo mínimo, sintiendo el desgarro ajeno como propio, asumiendo el liderazgo desde el amor y siendo, a la fuerza, mejores seres humanos. Nos dimos cuenta de que el verdadero corazón del Compliance y esta es una convicción que defiendo desde mi propia narrativa y experiencia no es el cumplimiento de una ley antilavado, sino el mandato ético e ineludible de no abandonar al otro cuando el suelo se abre.
Cierro el libro de Byung-Chul Han y miro por la ventana. La ciudad sigue en pie, pero el país entero está atravesando su propio duelo. No hay un cierre moralizante para esto, ni una fórmula mágica o institucional para dejar de sentir miedo. La advertencia que nos deja la tierra abierta no nos pide resiliencia barata ni frases motivacionales vacías.
Nos exige la valentía brutal de habitar esta esperanza áspera, nacida del luto compartido; una esperanza que nos obliga a mirarnos sin filtros en el dolor del otro, a reconocernos en su fragilidad, y a jurarnos, en medio del polvo y la incertidumbre, que no nos vamos a soltar la mano, incluso cuando el mundo entero parezca venirse abajo.
