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Ángel tenía 32 años cuando firmó su hipoteca. Corría el año 2007 y, como tantos otros jóvenes, compró su piso confiando plenamente en su banco. Nunca le hablaron de límites, ni de topes, ni de “cláusulas suelo”. Solo firmó, como hacen millones de personas, confiando en que si el euríbor bajaba, su cuota también lo haría.

Durante los primeros años, todo parecía ir bien. Pero cuando el euríbor empezó a desplomarse, Ángel notó algo extraño: su cuota apenas se movía. Mientras sus amigos celebraban rebajas en sus mensualidades, él seguía pagando lo mismo.