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Martin Eguia

Socio Director de Lawesome Legal Services

Durante años, en el sector legal español se ha repetido una idea casi incuestionable: el éxito profesional de un abogado pasa por una gran firma. Cuanto más grande, mejor. Cuanto más reconocida la marca, más garantizada la trayectoria. El resto —el tipo de trabajo, el acceso real a los asuntos, la comprensión del negocio del cliente— ya llegaría con el tiempo.

Esa promesa funcionó durante mucho tiempo. Hoy, cada vez menos. No porque las grandes firmas hayan dejado de ser relevantes. Sino porque el talento jurídico ha cambiado de pregunta. Ya no se pregunta sólo dónde quiere trabajar. Se pregunta cómo quiere ejercer la profesión.

El modelo que se agota.

El modelo tradicional tiene una lógica interna coherente: entras junior, te especializas rápido, facturas mucho y subes despacio. La visión del negocio del cliente llega —si llega— años después. Mientras tanto, ejecutas. El despacho funciona como una cadena de montaje bien engrasada en la que cada pieza hace su parte sin ver el conjunto.

Ese modelo no lo define ninguna ciudad ni ningún tamaño de firma. Se reproduce en despachos grandes y pequeños, en Madrid, en Bilbao, en Barcelona o en cualquier otro punto del mapa. Lo que lo define no es la ubicación, sino la cultura. Y esa cultura está perdiendo su atractivo.

Lo que busca el talento hoy.

Hoy conviven en el mercado dos perfiles que, desde puntos de partida distintos, comparten una misma demanda.

Por un lado, abogados con trayectoria en grandes firmas que en algún momento concluyeron que había otra forma de ejercer la abogacía. Muchos habían hecho exactamente lo que se supone que hay que hacer: la firma correcta, el área correcta, el ritmo correcto. Y llegaron a la conclusión de que correcto no era suficiente. Querían entender el negocio de sus clientes, participar en su estrategia, tener criterio propio sobre los asuntos. Querían dejar de ser la pieza de una cadena de montaje y convertirse en el abogado que el empresario llama cuando de verdad la necesita.

Por otro lado, una generación de recién graduados que no está dispuesta a recorrer trayectorias interminables sin visibilidad, sin aprendizaje real y sin capacidad de decisión. No por falta de ambición —sino precisamente por ella. Quieren crecer deprisa, asumir responsabilidad desde etapas tempranas y entender el impacto de su trabajo.

Unos y otros comparten una misma demanda: sentido, autonomía y crecimiento real. Y están encontrando respuesta en despachos que han decidido construir un modelo distinto.

El modelo que viene.

Frente al esquema tradicional, está emergiendo otro: despachos que han apostado por estructuras menos jerárquicas, mayor cercanía al cliente y exposición temprana a los asuntos en su totalidad. Despachos donde un abogado puede entender una operación de principio a fin en meses, no en años. Donde el protagonista no es el abogado, sino el empresario y su negocio. Donde el valor no se mide en horas facturables sino en criterio, en relación con el cliente y en capacidad de resolución.

Ese modelo existe en Madrid, en Barcelona, en Bilbao y en cualquier ciudad donde alguien haya decidido hacer las cosas de otra manera. No es una cuestión de geografía. Es una cuestión de convicción.

Una conversación que el sector necesita.

El debate sobre el talento en la profesión lleva demasiado tiempo enmarcado en términos de tamaño y de geografía. Qué ciudades atraen, qué ciudades pierden, qué firmas tienen más tirón. Es el marco equivocado.

La pregunta relevante no es dónde quieren trabajar los mejores abogados. Es en qué modelo quieren desarrollarse. Y hay cada vez más profesionales que, después de años en firmas de primer nivel, encuentran en proyectos más ágiles y cercanos al cliente lo que no encontraron en las estructuras que creían que lo tenían todo.

Los despachos que entiendan esto —con independencia de dónde estén y de cuántos sean— no estarán compitiendo desde ninguna periferia. Estarán marcando el paso.