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La reducción de la jornada semanal de trabajo, como medida de reparto del empleo, parece que toma fuerza pero, en un país como el nuestro, donde el presentismo es la constante, no parece que esta fórmula encaje ni incluso que se considere ética.

Cada vez y con más frecuencia, empresas de todos los rincones del planeta prueban suerte con la semana laboral de 4 días. ¿Os imagináis?, los fines de semana empezarían los jueves. Pasaremos del veroño a los juernes.

De los estudios realizados hasta la fecha parece que acortar la semana a cuatro días no solo no es contraproducente, sino que aumenta la productividad y eleva el nivel de rendimiento de los trabajadores. Eso sí, lo de trabajar de lunes a jueves será una medida para algunos trabajadores, pero no para todos ya que, es evidente que al médico de urgencias, el bombero, el controlador aéreo o al mismísimo Antonio García Ferreras los seguiremos viendo trabajar los fines de semana.

Entre las virtudes de esta medida es indudable que la conciliación de la vida personal y laboral es el producto estrella. No obstante, su espíritu no va encaminada en origen a conceder más derechos a los trabajadores sino a paliar las altas tasas de desempleo como mecanismo de reparto del trabajo, al menos en nuestro país. Evidentemente, para que los efectos de esta medida de reparto del empleo se produjesen no hablaríamos de concentrar, por ejemplo, las 40 horas semanales de trabajo en cuatro días sino de reducir la jornada, por ejemplo, a 32 horas de lunes a jueves.

¿Pero, se han hecho ensayos o pruebas de la aplicación de esta medida?

Empresas que han experimentado pruebas con la semana laboral de cuatro días han deslumbrado por los resultados obtenidos, así, los derechos de conciliación de los trabajadores mejoraron, ganaron en autonomía y creatividad y su trabajo adquirió mayor eficacia. El nivel de estrés se redujo y para los responsables de las empresas la experiencia fue un éxito absoluto.

Microsoft Japón puso en marcha este experimento durante un mes y los resultados fueron abrumadores, la productividad de los trabajadores se amplió hasta un 40%. Para ello, se establecieron determinados límites como acortar las reuniones a no más de 30 minutos y el aumento de las reuniones en modalidad remota. Pero eso no es todo, la empresa se benefició de una reducción en la factura de la luz de hasta un 58%. Y qué decir de los efectos positivos futuros que para el entorno ecológico tendría esta medida si se generalizase.

Otro efecto colateral positivo de esta reducción de la jornada es su consustancial reducción en los costes de Sanidad. Trabajar 4 días a la semana mejora la salud laboral de los trabajadores y reduce los costes asociados.

¿Y a qué esperamos para hacerlo en nuestro país?

España es harina de otro costal.  Históricamente, se han relacionado las largas jornadas de trabajo al prestigio social o estatus que se adquiere. Se establecen silogismos claros: “Trabajar más que los demás nos promociona en la empresa.”” trabajar menos que los demás es de vagos.”

Se trata, a mi juicio, de un craso error. El rendimiento de los trabajadores no puede ni debe medirse por el número de horas que dedica a la empresa sino por la productividad y eficacia obtenidas y los costes asociados a ésta.

Sin embargo, no podemos olvidarnos de que estamos en España, ese país que posee un modelo productivo peculiar, no basado en la productividad, que está centrado en sectores como el de servicios donde las largas jornadas son la regla general.

¿Sería sostenible la aplicación de esta medida?

Estudios prospectivos sitúan a España en el año 2050 como un país con una tasa de dependencia insostenible con los números y políticas de hoy. España galopa hacia mediados de este siglo con una previsión (si no cambiamos las cosas…) de una tasa de dependencia de 77,5 personas mayores de 65 años por cada 100 cotizantes. Esto está ocasionado fundamentalmente por una mayor esperanza de vida y una muy baja tasa de natalidad.

En este contexto parece complicado que la solución sea el reparto del empleo a través de reducir las jornadas de unos para incluir en el mercado de trabajo a otros.

¿Si reducimos la jornada de cinco a cuatro días a la semana, reducimos también el salario?

La respuesta parece obvia, no es esa la idea, claro está, y si así fuera ya se habrían instaurado, éstas y otras medidas. No estamos hablando de una medida provisional de reparto del empleo a través de la suspensión temporal del contrato de trabajo o reducir la jornada reduciendo proporcionalmente el salario, no, hablamos de cambiar el modelo de relaciones laborales y aplicar medidas de flexibilidad interna que transformen los tiempos y modos de la prestación de los servicios retribuidos.

Del presentismo al presentismo fraudulento hay un solo paso. Estar por estar no beneficia a trabajadores y empresas. Cuidado porque existen estudios que certifican que, por ejemplo, un trabajador de oficina es realmente productivo solamente durante 2,5 horas al día…

¿De dónde sacamos el dinero para implantar estas medidas?

No parece factible, de momento, la aplicación de la jornada de cuatro días a la semana en nuestro país. Parece que las empresas no están dispuestas a sufragarlo. El Estado tampoco tiene recursos para incentivar económicamente esta medida de reparto del empleo definitiva. Existen severas dudas. Si tenemos menos ingresos y gastamos más. Nos jubilamos antes. Vivimos mucho más. Las tasas de fertilidad siguen siendo muy bajas. Y no cambiamos de modelo productivo. ¿Cómo vamos a seguir manteniendo nuestro Estado de Bienestar? ¿Cómo seguiremos garantizando las pensiones?

¿Soluciones de ayer para problemas del hoy?

De otro lado, debemos empezar a pensar seriamente en lo que nos viene o ya llegó. Las nuevas tecnologías, la robotización, el teletrabajo, los nuevos modos de producción y realidades sociales difícilmente compatibilizarán con el volumen de trabajadores actual. Si estos nuevos modos de trabajar vienen a sustituir a la mano de obra, entonces, ¡Houston, tenemos un problema! El ideal sería buscar el equilibrio en la tasa de sustitución de mano de obra y en este caso sí, estaría más que justificada la reducción de la jornada semanal de trabajo a cuatro días. En caso contrario y tal y como decía el profesor Zigmund Bauman: “Deberíamos empezar a pensar en la desglobalización”

Desconozco en este caso si el fin justifica los medios.

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