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Hay un chascarrillo habitual cuando se formaliza un préstamo hipotecario: “te has casado con el banco”, que viene a decir que la hipoteca nos une a la entidad prestataria tanto o más de lo que lo hace el matrimonio a nuestro cónyuge. Aunque algo de fundamento hay en esa afirmación, la verdad es que esa unión no es necesariamente inmutable ya que los protagonistas de ese “matrimonio” pueden cambiar con el tiempo. Es lo que se llama la subrogación hipotecaria, que implica que uno de los firmantes del préstamo, sea la entidad que prestó el dinero (subrogación activa), o alguno de los que lo recibieron (subrogación pasiva), es sustituido por otro que se incorpora al préstamo, lo que puede ir acompañado o no de una alteración de las condiciones del préstamo (si se altera, decimos que estamos “novando” el préstamo).



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