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La protección de las variedades vegetales, a día de hoy, es tan necesaria como imprescindible por su interés social, pues la mayoría de las especies necesitan ser mejoradas o rediseñadas para sobrevivir al cambio climático. Los nuevos panoramas en el medioambiente y las (actuales) altas temperaturas exigen a los agricultores a mejorar sus cultivos.

A pesar de poder evitar lo anterior con el uso de invernaderos, sigue siendo necesario mejorar las especies para así importarlas a nuevas zonas geográficas y países donde no hay los mismos recursos y avances técnicos para el cultivo.

De la misma forma, a más protección mayor es el interés de las empresas en continuar innovando.

El interés social y común, ya sea por exigencia del mercado internacional o interno, factores que junto a la globalización obligan a obtentores de algunos países a mejorar especies autóctonas, como pasa, por ejemplo, con los vegetales de consumo para competir con los precios y calidad de otros productos similares exportados.

Por otra parte, es importante seguir promoviendo la protección para la seguridad de las nuevas empresas o start-ups que sin una eficiente protección tendrían problemas para mantenerse en el mercado y evitar la copia (imitación o competencia desleal) de empresas mayores con más recursos.

En términos generales, a mayor avance y mejora de las especies vegetales, menos recursos hay que destinar para su cultivo, comercialización y consumo, tan necesario para las nuevas necesidades del mercado global y el constante crecimiento demográfico, que demanda cada vez más una producción mayor.

Interés sanitario

Es importante tener en cuenta este factor, por la dificultad y rigurosidad que conlleva para los análisis y exámenes de nuevas solicitudes de patentes. Es necesario llevar a cabo un examen en conjunto de la contaminación genética, contaminación del suelo, pérdida de biodiversidad, el desarrollo de resistencias en insectos y “malas hierbas”, para defensa de los riesgos sanitarios y no deseados en otros organismos que produce la innovación (como denuncia Greenpeace en muchas de sus apariciones).

Puesto que a día de hoy se usan muchos tóxicos y productos no recomendados para el consumo humano (durante el cultivo y su preparación para la puesta a disposición del consumidor), esto debe ser controlado por las autoridades para no permitir que el interés industrial y ánimo de lucro de las empresas, para que no prevalezca por encima de la salud de los consumidores.

La protección genera una seguridad jurídica de control y legalidad en favor del mercado y consumo. Ejemplo de ello es la guía roja y verde de alimentos transgénicos presentada por Greenpeace España, donde se incluye la lista roja de marcas (ejemplos que figuran como Nestlé, Grupo SOs, Elsever, Nescafé, Lipton, entre otros), que incluyen productos genéticamente modificados (OGM) encubiertos como “grasas vegetales”.

Un ejemplo de producto autóctono español genéticamente modificado:

Somos pioneros en la modificación genética del cítrico más comercializado en España y en gran parte del mundo, la naranja. Concretamente en Valencia, la nueva variedad llamada “naranja dorada” ha permitido la obtención de naranjas en menos tiempo del habitual, con un color amarillo intenso (Golden) y mayor contenido hasta 36 veces mayor de B-caroteno en la pulpa, precursor de la vitamina A.

Se ha conseguido transformando semillas de naranja dulce para que se bloquee la expresión de un gen endógeno que codifica la B-caroteno hidroxilasa (sB-CHX). Esto produce un color más intenso y se adelanta el proceso de floración, lo que provoca que se obtenga la fruta en menos tiempo.




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