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Mi compañero de trabajo es un robot. Imagino que algo así dirían los empleados de la firma estadounidense Baker&Hostetler cuando supieron que Ross, el nuevo abogado del departamento de gestión de quiebras, era un sistema de inteligencia artificial. Ross nació en el seno de una reconocida familia del sector de la informática, IBM. Está programado para reconocer el lenguaje natural y es capaz de responder también hablando. Pero lo mejor que tiene, no es su conversación; es un cerebro artificial que lo convierte en un crack de la investigación legal.

Es como tener a un compañero superdotado. Le planteas un caso y rápidamente te formula una respuesta estructurada en la que incluye toda la legislación y la jurisprudencia relacionada. Dicen además que cada día aprende más. Es como una esponja y absorbe toda la información que le proporcionan sus compañeros humanos. Su mente informática se renueva con cada conversación. Da miedito ¿no? Más si remachamos la historia con una cifra: las máquinas eliminarán el 50% de los puestos de trabajo actuales en solo 30 años.

Pero no debemos asustarnos. Trabajo en un despacho donde uno de nuestros lemas es “abogados con alma”. ¿Dónde está el alma de Ross? ¿Será capaz de ponerse en el lugar de cliente? ¿De compartir sus preocupaciones? ¿De ayudarle a ver la salida a sus problemas? Claro que no. Ross, como cualquier herramienta informática, hará el trabajo más fácil y rápido. Será un ayudante perfecto. Nunca un enemigo porque jamás su inteligencia artificial podrá sustituir nuestras emociones.

Los robots no están pensados para reemplazar a los humanos, sino para hacer las cosas que las personas no pueden o no quieren hacer. En esto, el mundo occidental tiene mucho que aprender de Japón. Ningún país tiene más autómatas por trabajador. Los robots tienen allí distintas funciones para paliar la escasez de mano de obra en la agricultura o la construcción, pero también son trabajadores eficientes de la sanidad, la enfermería o el cuidado de personas mayores en una sociedad cada vez más envejecida.

El debate ético llega con  los humanoides. Clones informáticos de personas. En los últimos tiempos hemos conocido a la japonesa Kodomoroid, una copia robótica de una presentadora de televisión, capaz de sacar noticias de internet y leerlas. O al bebé también nipón Paro que se utiliza en centros de todo el mundo para establecer una relación emocional con los enfermos de alzhéimer o demencia….

Estoy segura que Kodomoroid lee las noticias de manera correcta y comprensible. Pero ¿Comunica? ¿Es capaz de emocionarse y transmitir emociones? Y el bebé Paro, ¿Podrá algún día devolver todo el amor y las atenciones que le profesan los enfermos?

Yo pienso que no. Hay rincones de la mente humana, rincones del alma donde no llegan los circuitos informáticos, ni siquiera los más sofisticados. Dejemos a los robots hacer su trabajo. Aprendamos a convivir con ellos y aprovechar su potencial. Pero no les dejemos invadir nuestra esencia. Ross podrá ser una herramienta útil. Pero nunca un abogado.

 




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